Daniel Jaimes era un mozo de fisonomía ceñera, como la de las águilas. Vestía, según acostumbran ciertas gentes de mi tierra, botines de color, camisa blanca de pechera bordada y abotonadura de oro, chaleco de paño y ruana de la misma tela. El sombrero de jipa, ladeado con negligencia, y, apenas velados por la ruana, un puñal de fina empuñadura y un revólver contramarcado, de la fábrica Smith & Wesson, de Springfield, Mass—U. S. A., patentado en mayo 11 de 1880, que son los clásicos.
Ante estos hombres, que ordinariamente negocian en ganados, llevan mulas al puerto y juegan a los gallos los domingos, no hay mozas garridas, ni venteras que no estén siempre en acecho de una mirada o de un papel amoroso que las haga el objeto de sus andanzas, y el motivo de todas sus peloteras.
Jaimes tenía para las mujeres estos atractivos y para los hombres el de ser admirable como amigo. Jugaba a los dados, tomaba brandy Valenzuela, fumaba cigarrillos de la Habana y tocaba la guitarra con maestría. Torturado por los malos pensamientos, también conocía todas las tristezas. Durante largo tiempo estuvo recluido en la Penitenciaría de Pamplona, por haberle dado muerte en el Socorro a Jesús Rojas, a quien llamaban los amigos “el Cotudo”; y cumplida su condena, pasó al Táchira, donde vivió en compañía de Paulino Sándia y de Curruco, mirando a todas horas una fechoría, hasta que una tarde, su Gorgona fatal lo tomó del brazo y lo empujó de nuevo al delito.
Volvió a Bucaramanga, y principió su vida de aventuras galantes y trágicas. Como era natural, las mujeres ocupaban el primer lugar en su vida. Candelaria Plata, Carmen Sepúlveda y Cecilia Zabala eran las compañeras de las horas alegres de su existencia, y las buenas amigas en las horas de remordimientos y adversidad.
Un día, se presentó en su camino otro ser ligado a ellos por una ciega predestinación. Se llamaba Clemente Jiménez, y huía de la justicia, por haber desertado de un batallón. Jamás había sido pendenciero y su aspecto era bondadoso. Jugaba a los dados, porque lo habían enseñado en el cuartel, y según parecía, era el preferido de Carmen Sepúlveda.
Una noche, el 18 de abril de 1897, domingo de Pascua de Semana Santa, Daniel Jaimes invitó a sus amigos a un baile a la Plazuela de Waterloo, en aquel entonces laberinto o asiento de los tres enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne.
Desde las primeras piezas, Jaimes notó que Emilio Mora, un arriero impulsivo y enamorado, le tendía la ruana, como se dice por allá, porque Cecilia Zabala había dicho al recibir unos dulces, que Mora estaba picando al aire.
Por cualquier motivo, Mora le dio un empujón a Jaimes y éste sacó el revólver y le hirió en el pecho.
Al intimarle prisión, levantó el arma y se abrió paso por entre los rifles de los policías y los cachiblancos de los invitados.
Un sargento y varios policías le siguieron. Al llegar al “Volanta”, les disparó de nuevo, hiriendo al sargento Milcíades Ruiz, y después de una ducha reñida, escapó milagrosamente, para ir a ocultarse a casa de sus amigas.
Por primera vez en Bucaramanga se había querido establecer un servicio de Policía verdadero. El coronel Epamínondas Cortés había disciplinado tan bien a sus agentes, que los buenos bumangueses que habían viajado por el extranjero, nos decían con aire de protección:
—Estos muchachos ya pueden presentarse en cualquier parte.
Y el coronel Cortés, que sabía lo que decían, pasaba por las calles con sus hombres, a tambor batiente, y hacía unos despejos de armas en el Llano de Don Andrés, poniéndole a la vida sedentaria de la capital una nota de alegría.
Jayaca y Jaimes se complacían en hacerlos disparatar, y en ser el tormento de aquellos entusiastas servidores de la sociedad, que habían aportado a su empresa todo el patriotismo de que eran capaces.
Una tarde el 8 de mayo de 1897, el coronel Cortés tuvo conocimiento de que en el barrio de “Las Piñitas” se hallaban los dos individuos que buscaban, bailando alegremente en compañía de sus amigas y de otros sujetos. Envió al teniente Inocencio Quintero, al sargento Santos Siachoque y al comisario Benito Galvis, acompañado de veinte agentes, armados de carabinas, y bien municionados.
Rodearon la manzana y principiaron la ronda sin encontrar a nadie.
Cuando iban a retirarse, llegó el coronel Cortés, en compañía de su secretario, el señor Octavio Gómez, y de otros agentes, y les dijo con tono enérgico:
—Ustedes no han buscado bien o le tienen miedo a ese hombre.
—Nosotros, —le contestó Deláscar La Rotta, —no le tenemos miedo a nadie. Y acompañado de Santos Siachoque y de Benito Galvis, penetró en la casa de Cecilia Zabala, que no había sido rondada todavía.
Al llegar a la alcoba, Galvis gritó, empuñando su revólver:
—¡Aquí están!
Una descarga salida del fondo de la habitación, los hizo retroceder, mientras Jayaca saltaba al patio, disparando en todas direcciones, y logrando ganar la calle sin peligro alguno.
Creyendo que era Jaimes, todos siguieron en su persecución, haciéndole fuego y tratando de adelantarse a sus compañeros, para darle cima a tamaña empresa.
Parado en la esquina, el coronel Cortés animaba con gritos entusiastas a sus compañeros, cuando un grito de angustia de Benito Galvis lo hizo volver a mirar a donde éste se hallaba disparando sobre el prófugo:
—¡Sálvese, coronel!
En ese momento, un hombre alto, y flexible como un látigo, de camisa morada y sombrero de jipa echado atrás, se le abalanzó y le cruzó la espalda de una tremenda puñalada.
Hizo luego un disparo sobre Ulpiano Gómez y cuatro más sobre Deláscar La Rotta, a tiempo que alcanzando al agente Francisco González, le tiró una puñalada, que éste pudo esquivar milagrosamente; pero volviendo con fiereza sobre él, le pasó de lado a lado, mientras el infeliz gritaba, arrojando torrentes de sangre por la boca, y tiñendo las arenas de la calle:
—¡Me mató este bandido!
Jaimes cargó su revólver apresuradamente, y viendo que sus perseguidores se habían dado cuenta de la sorpresa, se abalanzó con ferocidad sobre ellos, no obstante el fuego que le hacían, e hirió con su puñal a los agentes: Benito Galvis, Octavio Gómez, Tirso Vargas, Ramón Fernández, Santos Sinchoque, Sebastián Rojas, Leopoldo Sepúlveda y Milcíades Ruiz, quienes llenos de angustia pedían auxilio a los compañeros que corrían tras el Jayaca.
Cuando todos mostraban en el semblante el desconsuelo de verse solos frente a ese hombre que ondulaba entre ellos hiriéndolos sin piedad, una voz fuerte sonó en ese antro de imprecaciones y lamentos:
—¡Ahí voy yo!
Era el agente Luis Felipe Pérez.
Jaimes se le fue, encima, con el puñal, y Pérez le disparó su carabina, sin lograr herirlo, recibiendo, en cambio, una terrible puñalada.
Entonces los que presenciaron aquel duelo inolvidable, vieron algo digno de una glorificación broncínea.
Pérez, tirando su carabina, se arrojó sobre su implacable adversario con un cuchillo que llevaba al cinto, mientras los heridos se arremolinaban, sin atreverse a disparar, por no herir a su bravo compañero.
Un dúo de aceros trágicos se oía tan sólo en la quietud de aquella calle, cubierta de cadáveres, y de heridos que veían escapárseles la vida con la sangre que corría por el suelo, y de mujeres pálidas, desgreñadas y altaneras que llevaban todavía en sus rizos las flores que les habían prendido sus amantes en horas de jolgorio y de amor.
Un grito de angustia salió de los labios de los compañeros de Pérez, y una contorsión de alegría crispó las manos de las mujeres, que miraban anhelantes a Jaimes. Teñidas las espaldas de sangre, Pérez dio un salto atrás al recibir otra puñalada, pero haciendo un esfuerzo sobrehumano, se abrazó a su adversario, hiriéndolo también y cayendo con él entre una zanja.
Retorcíanse en lucha desesperada, cuando Sebastián Rojas y Leopoldo Sepúlveda fueron en su auxilio.
Al asomar al borde de la zanja, Jaimes, que estaba debajo, disparó sobre ellos, hiriendo al último, pero no sin recibir de Rojas un tremendo calibrazo que lo hizo perder el sentido, mientras los nuevos agentes que llegaban cayeron sobre él a golpes de calibre, hasta dejarlo casi moribundo.
* * *
Jayaca siguió en dirección a Venezuela, y tomando luego por Salazar, apareció en el páramo de Cachirí, sembrando la alarma entre las gentes.
El Gobierno resolvió capturarlo, y envió una escolta en su busca. Una mañana llegó a la casa de una hermosa campesina y le dijo al marido que fuera a Matanza a ver cuánta gente armada tenía el Gobierno.
El hombre se negó a dejar a su mujer sola, y Jayaca le dio un balazo, dejándolo muerto instantáneamente.
Sin mostrar el semblante alterado, la mujer le propuso que enterraran al hombre y huyeran de allí.
Jayaca aceptó, y al ir a cavar el hoyo, ella se pudo escapar y fue a denunciarlo a Matanza.
De todas partes afluyeron voluntarios para ir en su persecución. Jayaca no huyó. En unión de un compañero, formaron trincheras y esperaron sin miedo.
Como tenía cuatro revólveres, el compañero los iba cargando y él disparaba sin cesar.
Viendo que no se atrevían a entrar, la mujer le gritó al jefe de la escolta:
—¡Que le prendan fuego a la casa!
Y como todos vacilaban en llevar a cabo semejante devastación, ella, tomando en sus manos unos trapos con petróleo, le dio fuego, con peligro de ser alcanzada por las balas del hombre, que había convertido su hogar en un campo de ruinas.
Entre el humo que se alzaba en los cielos, se distinguían a veces los fogonazos de los disparos de Jayaca, y las maniobras del compañero, para huir de la candela, que principiaba a lloverles del techo.
De pronto, Jayaca empujó al infeliz, y todos dispararon sobre él. Aprovechando el instante, dio el salto afuera y disparó su revólver sobre los pocos que habían avanzado, para caer en seguida levantando los brazos, con una angustia infinita. Estaba completamente asado.
Como no podía moverse, lo arrojaron en una ruana, y así se disponían a llevarlo, cuando alguien dijo que estaba agonizando.
El señor Cura de Matanza se acercó a confesarlo, y al darle la absolución, lanzó un suspiro de pena ante la vida de aquel hombre, y dijo, satisfecho de su buena confesión:
—¡Ya puede morir!
Y aquellas gentes, que sentían sed de sangre, creyendo que les decía que lo acabaran de matar, lo asesinaron alevosamente, haciendo con su cadáver cosas que la pluma se resiste a perpetuar.
La causa de Jaimes duró dos años. El auto de proceder, expedido con fecha 20 de junio de 1899, cargó sobre él todos los delitos.
Cuatro meses más tarde, estallaba la revolución, y el Gobierno le hizo trasladar, cargado de grillos, a la cárcel de San Gil, mientras la compañera de su existencia tormentosa, agonizaba de pena y de amor, en un cuartel convertido en hospital, en las afueras de Bucaramanga.
Una noche, en las últimas horas de la revolución, un temblor de tierra hizo sacar a los presos a la plaza de la ciudad.
Jaimes se negó a salir, y aprovechando la cuerda del telégrafo, que había caído sobre el patio de la cárcel, salió a un solar vecino; se arrojó luego a las aguas tormentosas del Chicamocha, y sufriendo de manera increíble, fue a dar así a las breñas de Onzaga, en busca de las fuerzas liberales, que comandaba el jefe revolucionario Constantino Gómez.
Cuando llegó a las avanzadas, los centinelas, que lo alertaron en la oscuridad, lo iban a ultimar, creyéndolo un espía.
Jaimes, por toda respuesta, les mostró la barra de hierro, que le impedía caminar con desembarazo, y las úlceras de sus piernas, donde el lento mordisco de aquellos grillos había llegado hasta el hueso.
Días después, al anunciarles la aproximación de fuerzas enemigas, algunos compañeros quisieron que se le diese el título de Sargento Mayor, pero él, con actitud humilde, y lleno de tristeza, les respondió:
—Yo vine a morir por mi causa y no a buscar títulos —, y tomando en sus manos la bandera, siguió adelante de todos.
Las fuerzas del Gobierno dominaron en poco tiempo a ese puñado de soldados liberales que aún se alzaban en aquella región, devastada por los vencedores.
Al ordenar la retirada, Jaimes tomó en sus manos la bandera, que mantenía sobre un desfiladero, desafiando a sus adversarios, y le dijo a un sargento de Charalá, que peleaba a su lado:
—Sálvela usted; yo me quedaré disparando, mientras se me acaban los cartuchos.
Y disparando seguido estuvo hasta que lo rodearon, ultimándolo luego a bayoneta, para dejarlo de festín a los galembos, mientras las sombras de la noche cubrían maternalmente la silueta de la bandera y la de un puñado de vencidos, que se retiraban acongojados, oyendo a sus espaldas los disparos de aquel hombre que no había dado jamás su espalda al enemigo.
Una lluvia menuda caía sobre la tierra y empapaba los cadáveres. En la oscuridad inmensa brillaban dos luceros. ¡Quizá eran los ojos de Cecilia Zabala, que lloraban desde la eternidad, como para lavar las culpas y pecados de aquel hombre impetuoso como el buitre, y hacerlo digno de la presencia del Altísimo!
Joaquín Quijano Mantilla
El Epiro, día de San Joaquín, padre de Nuestra Señora de los Ojos. Garzos, de 1920.
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