

En Barranquilla, el fenómeno de la extorsión está a cargo de grupos que las autoridades han denominados “GDCO”, Grupos Delincuenciales Comunes Organizados. Estas bandas articuladas pueden tener muchas células criminales activas, que hace que se expandan y funcionen casi que como un “gobierno” ilegítimo que presiona comerciantes, transportadores y gremios afines.
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No obstante, en la segunda ciudad con más extorsiones del país, hay historias de extorsión que no apuntan directamente a gente adinerada, con un flujo estable de dinero o, siquiera, un negocio. Esos casos, aunque injustificables de igual manera, responden a una lógica criminal que no tienen las tres historias de esta nota.
Una mujer madre de familia
Las calles de tierra siguen siendo el piso de juegos de los niños del lugar de esta historia. Foto:GUILLO GONZALEZ
Esta historia se sitúa hace unos seis meses, en una zona cercana al barrio La Central, en Soledad, Atlántico. Es una zona bastante periférica del municipio de la butifarra; de hecho, tiene muchas áreas rurales que conectan por trochas con Malambo y Caracolí, otros municipios del Atlántico.
Esta información geográfica es importante porque hablamos de un territorio donde no hay muchas casas que superen el estrato socioeconómico 1; a lo sumo, las casas más cercanas a la avenida Murillo podrían ser estrato 2. Esto significa que gran parte de su población vive en condiciones de vulnerabilidad y que, pese al “progreso” que pudiera sugerir la expansión de tiendas de cadena, estos barrios parecen congelados en el tiempo: viven, fácilmente, 15 años atrás respecto a muchas otras zonas de Barranquilla y Soledad.
Allá, los focos amarillos todavía son mayoría; las calles de tierra siguen siendo el piso de juegos de los niños; y, apenas hace seis años, pasaron de fosa séptica a alcantarillado. Hay esquinas que la Policía aún no conoce, y no lo digo desde la arbitrariedad o un ánimo anárquico, sino desde la realidad misma.
EL TIEMPO se desplazó hasta allí y pudo establecer —según testimonios recogidos— que las primeras denuncias no se escalan a las autoridades legales, sino a un conocido, del conocido, que tiene un primo que trabaja con la mano derecha del “duro” que maneja el barrio.
Es claro que el sistema judicial colombiano no es el más ágil, pero en este barrio hay gente que está en el inicio de la “cadena trófica” y, aun así, no llama a la Policía. Hay bebés que no han visto pasar una patrulla por su casa y nunca les han hecho el típico chiste de “pórtate bien o le digo al policía que te lleve”. Allá, la gente innombrable que ejerce presión está muy lejos de ser policía.
En ese contexto ocurre esta historia. Una noche de domingo, una madre de familia —cuya identidad reservaremos por razones de seguridad— se encontraba departiendo en la terraza de su casa con su pareja, el papá de sus hijos, en un momento de goce. Su vecina no es de su total agrado, y ella reconoce que el sentimiento es recíproco.
Ya habían tenido roces por lo que considera “pormenores”: que si las hojas de las matas de una caen en la terraza de la otra; que si el perro ladra mucho y nadie lo hace callar; o, principalmente, desde aquella vez que una hizo fiesta de cumpleaños y explotaron todos los globos pasadas las 12 de la noche, despertando a medio mundo y dejando ese reguero de “cauchitos” frente a la casa.
Con todo y eso, la situación nunca había pasado de un intercambio verbal y miradas de “ángel caído”, pero esa noche iba a ocurrir algo que las haría no volver a pelear nunca más. Nuestra testimoniante estaba tomando. Se le cayó una cerveza y esta se reventó. Los vidrios cayeron en ambas terrazas, pero ella no se dio cuenta. Pasaron los minutos, la vecina salió, se “puyó” con un vidrio en la chancleta y, sobria, se molestó.
—Nojoda, vecina, siempre es la misma vaina con usted. Yo no encuentro basura en mi casa que no sea suya, bonita cosa —le dijo.
—¿De qué me habla usted? ¿Ahora qué le hice? ¿Qué es lo que le pasa conmigo si yo estoy quieta en mi casa? —respondió nuestra testimoniante.
—Me acabo de cortar con un vidrio de cerveza. Yo, que no estoy tomando. ¿Qué tal que me hubiera cortado al niño? ¿Qué tal un accidente? —replicó la vecina.
—Pero usted por qué habla sin saber. Se me cayó la cerveza accidentalmente; mínimo ese vidrio cayó hasta su terraza. ¿Acaso yo voy a querer cortarla a usted o a su hijo? ¿Cómo se le ocurre? —justificó la mujer.
—Esa es la de usted siempre. Nunca es con intención, pero vive haciendo cosas que me amargan el rato —concluyó la vecina.
En síntesis, esa fue la discusión, cerca de las 9 de la noche. Sin mayores agravios, fue apenas un incómodo momento que, como se dice popularmente, “alegró la cuadra un rato” con ese escándalo de par de minutos. Pero, como todo bochinche, no quedó ahí.
Las vecinas olvidaron por completo la “norma” del barrio que prohíbe las peleas los fines de semana. Sí: así, tal cual, se lo escribieron a nuestra testimoniante unas personas que se identificaban como el BRC (Bloque Resistencia Caribe), quienes ejercen injerencia en el territorio donde ocurrió la “alteración al orden público”.
Por insólito que parezca, la mujer deduce que por un “campanero” que escuchó, vio o le contaron sobre la pelea, y trasladó la información a los mandos de la organización criminal, se comunicaron con ella en nombre de la “buena convivencia del barrio”.
La extorsionaron. Dos millones de pesos, o se mudaba sin derecho a vender o arrendar su propiedad, o se quedaba a la fuerza y la mataban. Esas fueron las opciones que le enviaron por WhatsApp a una mujer a la que se le cayó una cerveza por accidente e hizo una pequeña algarabía que no superó los dos minutos.
¿Por qué le cobraban solo a ella y no a la vecina? Porque, según esa “autoridad” ilegítima, el vidrio “era de ella”. Porque esta estructura criminal, además de su estricto código de convivencia, tiene sus propios “jueces” que actúan con celeridad y, según ellos, “protegen el barrio”.
La mujer lloró, rogó, se disculpó. Aun así, por temor a la vida de sus hijas, la suya y la de su esposo, contactó al primo que conocía a un amigo que trabajaba con la mano derecha del jefe que le estaba cobrando. Le rebajaron a $550.000, que consiguió en su trabajo, prestados al 20% de interés.
Con la vecina, desde entonces, se sonríen y se dicen “buenos días”.
Un vendedor de pescado
Al hombre lo amenazaron con “el mismo cuchillo con el que arrollaba los pescados”. Foto:GUILLO GONZALEZ
La segunda historia tiene como protagonista a un vendedor de pescado. El hombre es oriundo de Ciénaga y, en realidad, no es solo vendedor de pescado: vende de todo un poco. Pero esto le ocurrió cuando estaba vendiendo con su cava y sus bolsas de papel. La historia está próxima a cumplir dos años, porque ocurrió en Semana Santa de 2024, cuando su cuñado le dijo que fueran a “hacerse la liga” y que dejara el queso y el suero para vender en otro momento.
Él se lamenta profundamente de esa decisión porque dice que le “mataron las ganas de salir adelante”. Desde entonces, no sueña con montar un negocio y prefiere vender puerta a puerta, “así sea que le dé artrosis”. Así lo conocimos en esta casa editorial: vendiendo buñuelos de mazorca puerta a puerta y, en confianza, un día nos contó la historia de su casi negocio, de su casi éxito y de su casi muerte.
No olvidará nunca los números: invirtió cerca de 800.000 pesos en pescado, una cifra considerable para un vendedor informal que, en ese momento, estaba vendiendo quesos y suero fiados y por encargo. Su cuñado invirtió casi lo mismo, todo con el propósito de abastecer de mariscos a la Ciudadela 20 de Julio durante la Semana Mayor.
El hombre vendió. Dice que “gracias a Dios” compró barato y pudo vender barato, lo que hizo que, entre martes y jueves santo, moviera casi toda su producción, que había adquirido el lunes. Para el viernes santo ya había recuperado su inversión y llevaba ganados 350.000 pesos, además de mercancía valorada en 300.000 pesos más que pudo vender ese viernes y la mañana del sábado debajo del palo de mango donde montó su mesa para arrollar los pescados.
Ese sábado, cuando ya estaban sacando cuentas con las ganancias, se acercaron “unos hombres que parecían paga diarios” y a quienes pensó rematarles lo que le quedaba para irse a la casa. Pero no eran paga diarios, aunque también eran ilegales: eran extorsionistas. Le dijeron la amenaza de siempre: que venían de parte del “comandante X”, que tenía que pagar 1.500.000 pesos para poder seguir vendiendo y que ellos se encargarían de su seguridad.
El hombre quedó más helado que las corvinas que vendía. “Yo soy un man de pueblo; ese hombre me pidió ese poco de plata y ni siquiera mi vida misma valía eso”, recuerda entre risas y pánico. No se resistió, pero sí les preguntó por qué, si él no se metía con nadie, si era un simple vendedor, que por favor no le hicieran eso, que de dónde iba a sacar esa plata. Ellos le respondieron:
“La va a sacar de este poco de pescados. Nosotros le pedimos su colaboración porque hemos visto que le ha ido bien.”
Los criminales —ahora convertidos en veedores de su trabajo— le dijeron que debía tener el dinero en efectivo el domingo de Resurrección. Si no, “lo iban a matar a él y al cuñado con el mismo cuchillo con el que arrollaba los pescados”. Así de brutal fue la amenaza contra un hombre que ya se había ilusionado con alquilar un local y montar un negocio de pescados después del éxito rotundo de la semana, pero que terminó viendo ese sueño destruido por unos desconocidos a los que, al inicio, pensó ofrecerles un descuento.
Al día siguiente, pudieron “negociar con los hombres” y terminó entregando 1.100.000 pesos, lo que, sacando cuentas con el cuñado, significó una pérdida que los dejó apenas con su inversión inicial y unas cuantas monedas. Ese domingo no sacaron la mesa; solo se pararon debajo del palo de mango, esperaron que llegaran y les pagaron.
Lo que más le duele es sentir que “trabajó para esos delincuentes”.
El mototaxi
Al mototaxista le queda la duda de si fue una modalidad extorsiva o en verdad un malentendido. Foto:GUILLO GONZALEZ
El barrio Rebolo es un símbolo de muchas cosas en Barranquilla. Este popular sector del suroriente es cuna de talento, arte y deporte que ha marcado la historia de la ciudad. Pero también es escenario de cifras violentas que históricamente lo han tenido asociado a la llamada “zona negra” de Barranquilla.
En esta ocasión, Rebolo vuelve a ser epicentro de una historia que, quien no la conozca, difícilmente podría imaginar que es verdad. Ocurrió el pasado mes de enero a un mototaxista que vive en La Luz pero que, pasando por Rebolo, tuvo un pequeño accidente de tránsito.
“Me caí solo. Iba distraído y, cuando miré para el frente, frené en seco. Había tierra y me caí”, relata a EL TIEMPO. Las personas que estaban cerca lo ayudaron: salieron de sus coloridas casas y le brindaron los primeros auxilios al hombre, que quedó raspado, un poco asustado y con algunos golpes por la caída, pero nada grave.
Dos días después empezó el martirio. Otro motorizado llegó a su casa con un panfleto en el que lo declaraban “objetivo militar por colaborar con Los Costeños”. El hombre recibió el papel mientras almorzaba. El hambre se le fue de inmediato. Se quitó la camisa, cerró las ventanas y la puerta, miró atrás y le dijo a su mamá:
—“Vieja… me metieron en un panfleto”.
Estaba conmocionado: no era “colaborador” de nadie. No era delincuente, ni matón, ni “merecedor” de salir en un panfleto. Era mototaxi.
“Yo puedo vivir en La Luz y todo, pero compré mi moto para trabajar honradamente, en lo que me salga trabajo de lo mío, que es ser operario”, explica.
En la confusión, su madre le pedía explicaciones y le exigía que le jurara que no tenía nada que ver. Él insistía en que le creyera mientras escribía al número que aparecía en el panfleto, el número al que debía comunicarse “de inmediato” si no quería que se hicieran efectivas las amenazas de muerte.
“Mi familia me dice ahora que para qué escribí, que lo único que hice fue meterme en la boca del lobo. Pero yo estaba asustado porque era inocente y pensé que dialogando se podía solucionar. Me la hicieron”, contó a esta casa editorial. Cuando le contestaron, repitieron lo mismo del panfleto. Y él les lanzó la pregunta clave:
—“¿Por qué ustedes afirman eso? ¿No me están confundiendo?”
La respuesta llegó con una foto y un mensaje:
“No lo estamos confundiendo, señor. Ese de la foto es usted y ese que está con usted es un Costeño. Dígale, de parte de Los Pepes, que lo vamos a cazar.”
Ahí sí se asustó de verdad. En la foto aparecía él. No había duda. Pero tampoco podía creer que la confusión viniera de aquel día en que se cayó de la moto y una de las personas que lo ayudó era, aparentemente, un criminal.
“Nadie hizo nada raro. Todos fueron a ayudarme, a revisar que no me haya golpeado y ya. El que tomó la foto es un malintencionado, un ‘sapo’ de esos que se la pasan tirando la zona y se quería ganar la plata más fácil del mundo, colocando a un inocente como yo.”
En ese punto, el miedo se mezcló con ira. Empezó a explicarles que era una confusión, que era un accidente, que la foto no significaba nada.
“Yo no llamé a una ambulancia para no perder todo el día con papeleo y con la gente del seguro en la EPS, pero igual me tocó tomar fotos de los raspones y de la moto golpeada para que me creyeran”, cuenta entre risas. “De vaina mandaron eso enseguida. ¿Qué tal que hubiera arreglado la moto? ¿Qué tal que me hubiera curado? Ya tuviera un mes y medio de muerto.”
Cuando dice que se “libró de morir”, los extorsionistas le respondieron que, aun siendo un malentendido, “la organización no podía dejar eso así” y que debía pagar para “dejar el inconveniente atrás”.
“Me pidieron 800.000 pesos, pero les dije que solo conseguí 300.000, que era la cuota de la moto que había guardado en diciembre por si enero se ponía pesado. Pero mira tú en qué se fue”, relata.
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El mototaxista admite que le queda la duda de si fue una modalidad extorsiva o en verdad un malentendido. En todo caso, confiesa que todavía tiene rabia porque quedó “raspado, golpeado y pelado”.
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Camilo Alvarez Peñaloza, periodista EL TIEMPO Barranquilla
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