Lo advirtieron las voces de la academia, el clamor de los ambientalistas y la sabiduría ancestral de los pueblos campesinos, pesqueros e indígenas: la promesa de desarrollo de Urrá era un espejismo. Hoy sabemos que no se construyó solo una represa, se levantó un muro sobre sedimentos donde reposan ríos de sangre. El ciclo natural de las inundaciones reivindica la memoria del río, recordando al pueblo cordobés, como a todo el país, que el agua siempre reclama su cauce.

“Es una felicidad volver a ver las aguas en estas tierras, esto es vida. Aquí es donde las aguas del río Sinú descansaban después de venir su caudal enfurecido”. Con ojos expresivos y rostro distensionado, parado en un húmedo asfalto, un campesino, mirando con fijeza el caño La Caimanera totalmente inundado, expresa así su alegría al ver el territorio pleno de agua, producto de un frente frío proveniente del norte del continente y que con fuerte impacto desde el 31 de enero, aumentó las precipitaciones en la zona Caribe de Colombia, creciendo el caudal del río Sinú que inundó el 90% del departamento de Córdoba. “La naturaleza recupera lo que por derecho le pertenece, es un acto de justicia” pensaba, mientras su rostro reflejaba lo que es su esencia: agua y tierra.

Igual sentimiento allanó a Emilio Camarillo Hernández, pescador de la zona, y quien se fundió en un abrazo con una amiga al ver inundada la desecada Ciénaga de Corralito, ubicada en Cereté, incendiada 6 años atrás por falta de agua, lo que obligó a la fauna local a migrar. Sin embargo, Emilio, quien también se identifica como ambientalista, sostiene que la ciénaga despertó de sus cuidados intensivos para recuperar lo que le pertenece. Inmensa paradoja: el desastroso hecho, que para una gran parte de la población de Córdoba representa una tragedia, para los pescadores miembros de la Asociación de Piscicultores de la Ciénaga de Corralito (Asopiscico), fue motivo de festejo. 

 “Antes todo el mundo era pescador y se mantenía del pescado. Al ganadero no le conviene que haiga agua” dice Emilio, descendiente de zenués por parte de su abuela, quien recuerda que en la década de los setentas, cuando tenía 11 años, se volaba del colegio y corría 3 kilómetros para ir a pescar en la ciénaga y después hacer trueque de bocachico por ñame, arroz, plátano y yuca. Así vivía la gente, cuidando el agua, protegiendo las especies. Entonces Emilio, que lleva puestas unas negras gafas deportivas que reflejan la Ciénaga de Corralito a lo lejos, dice: “Vino la construcción de terraplenes. Pero esto viene más atrás. Desde Gustavo Rojas Pinilla, por la década del cincuenta, donde tiró unos bloques de concreto. Yo encontré el número 3000463, para taponar al caño Bugre, desecar y dejar tierras a sus amigos de Cereté. Ajá, y que el río Sinú cambiara su rumbo por Chuchurubí”. 

Emilio lidera el proceso de recuperación de la Ciénaga de Corralito desde hace 15 años, así legitimado por la Sentencia T-194 de 1999, que ordena proteger los cuerpos de agua del medio y bajo Sinú ante la desecación y degradación ambiental. Anteriormente, el acceso a la zona estaba restringido debido al control de grupos paramilitares, pero tras la Sentencia se han iniciado lentos diálogos con estructuras de diversa índole –legales e ilegales– para la recuperación del caño Bugre, el río Sinú y la Ciénaga de Corralito.

Imagen 1. Reses pastorean al lado de la inundada Ciénaga La Pacha, marzo 2026.
Imagen 2. La comunidad del corregimiento de Martinica, zona rural de Montería, recoge agua en el caño La Caimanera marzo 2026.
Imagen 3. La comunidad de la vereda Latal construye temporalmente un puente para tener acceso hacia San Pelayo y Cereté ,marzo 2026.

“Tierra ganadera,
tierra de pobreza”

Los ganaderos terminaron siendo víctimas de su propio invento: el agua quedó atrapada en sus predios particulares. El paisaje lo confirma: cientos de hectáreas, algunas quemadas y otras sepultadas bajo aguas negras y estancadas que llenan el ambiente con un hedor fétido. Mientras conducía su motocicleta hacia la comunidad del corregimiento de Martinica, cerca a Montería (Monte de Cacería), Hernán Gandía, ingeniero agrónomo de la Universidad de Córdoba, señaló el horizonte rebosado por la lluvia y contó: “Cuando un suelo se inunda ocurre la pérdida de su microbiología, los microorganismos que estaban ahí acostumbrados al oxígeno se lo consumen todo y se presenta un proceso de oxido-reducción que los elimina, libera metano que contribuye al calentamiento global y produce el olor nauseabundo. Se reducen metales pesados que se dividen y llegan a los ríos afectando a seres vivos. Si el suelo inundado permanece así por mucho tiempo, se compacta, no absorbe nutrientes y puede volverse hidrofóbico, el agua no penetra, corre superficialmente”.

Cuando empezó la lluvia, el último día del primer mes del año, nadie pensó que con ellas vendría un desastre colosal, pero así fue: luego de 12 horas de precipitación, el agua llegó hasta 1 o 2 metros de altura afectando en el corregimiento de Martinica sus 300 casas habitadas cada una por 3 familias, el caño La Caimanera se creció por una boca y las quebradas quebraron las carreteras. Las casas con algunas paredes construidas de bahareque, boñiga de vaca y madera, resistieron a la fuerza de la corriente. En una de estas viviendas, sentado en una apacible silla café, con sus 97 años bien puestos, resalta la figura del mayor Manuel Sáenz Berrío, que recordó: “Hace unos 40 años la Ciénaga de Martinica llegaba cerca del casco urbano del corregimiento. Los fundadores de estos pueblos fueron varios, entre ellos la mamá mía. En esa época una familia del río llegó y empezaron a compartir la tierra entre sí. La ciénaga era el sostén de la comunidad, personas libres que vivían de la pesca, el junco y el trueque de forma responsable”.

Son memorias de vida, de lucha por un pedazo de tierra, de esfuerzos por levantar un techo donde meter a la familia. Memoria de memoria. Por los noventas, en medio de temporadas de lluvias y otras secas, se consolidó el debate por la construcción de la represa Urrá. En paralelo los paramilitares, y grandes ganaderos, profundizaron la desecación para extender sus terrenos. El cauce natural del agua fue desviado de manera sistemática con una serie de caños y jarillones. Introdujeron cabezas de ganado. Expropiaron a la comunidad a punta de plomo. El miedo cundió, el silencio cubrió todo el territorio, las vistas se fijaron en los suelos que pisaban sus fuertes piernas, los murmullos pasaban de casa en casa, pero nadie se atrevió a reclamar lo suyo y los pescadores terminaron convertidos en jornaleros de sus otroras fincas. 

En medio del frescor de la casa del Mayor, se desarrolla una amena e intensa conversación. El profesor e ingeniero agrónomo Oswaldo Carvajal, que pertenece a Ascimple (Asociación de Comité de Impulso de Leticia y sus veredas) primera organización que empezó a representar y a trabajar en beneficio de las víctimas de los corregimientos de Leticia y Martinica, con voz segura y amena comparte su saber y memoria: “Los terratenientes aquí en Córdoba se han apoderado como propiedad privada de todas las zonas de humedales, que son del Estado, es una violación de leyes ambientales. Aquí ha venido la Agencia Nacional de Tierras (ANT), hacen delimitaciones y buscan la zona limítrofe. Dicen que hay alrededor de 2.665 ha, estamos esperando que nos den alrededor de 1.000 ha para las 406 personas que estamos inscritas en el proceso de restitución de tierras. Pero la ciénaga de Martinica tenía más de 100.000 ha. La contraparte tiene el proceso paralizado, aluden que no les notificaron a tiempo, que las delimitaciones no son legales, que esas son zonas privadas. Quitaron unos mojones para cogerse las tierras. Busquen los croquis en el Agustín Codazzi. Lo irónico de esto, ¿oíste?, es que nunca la Ciénaga Grande de Martinica aparece en ningún mapa”.

Como si estuviera hablando para estas comunidades, el 9 de febrero, en el primer Consejo de Ministros realizado a raíz de las inundaciones, el Director de la ANT, Juan Felipe Harman Ortíz, empezó su intervención así: “Entre Córdoba y Sucre hay 112 Ciénagas y Playones, nosotros hemos avanzado estructuralmente en el deslinde de 35.319 ha, de las cuales están decididas 3.521 ha, más la Ciénaga Grande. Este es un deslinde de 1985. ¿Qué pasó entre 1985 y el 2023? Efectivamente, que quedan firmes en 1985 en el acuerdo con la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), luego se posicionan en la Resolución 5394 del 89, pero que se pierde la cartografía oficial del deslinde. Se perdió en el Incoder (Instituto Colombiano de Desarrollo Rural) en su momento”.

–Incoder manejado por paras–, le interrumpió Gustavo Petro.

“Y eso ¿qué generó, Presidente? La Sentencia 194 de 1999 de la Corte Constitucional le advierte en su momento al Incoder que deje de titular bienes baldíos reservados de la nación dentro del polígono de la Ciénaga Grande del río Sinú”, respondió Harman. 

–¿Cuántas hectáreas tiene la ciénaga?–preguntó Petro. “Las hectáreas que se tienen, dijo el funcionario, a partir de la reconstrucción del expediente que salió de este gobierno hasta el 2023, son 46.000 ha”. 

No hay duda. El conocimiento y la afirmación de Oswaldo es respaldada por la investigación de Harman y su equipo. Dejando entrever la penetración profunda de los paramilitares y terratenientes, en complicidad con los entes gubernamentales para ejecutar toda una estrategia de despojo, para apropiarse de las ciénagas, eliminar los archivos cartográficos y no dejar rastro de su tarea depredadora. Con una camiseta de la selección Colombia, el líder social Oswaldo terminó su intervención manoteando y diciendo: “tierra ganadera, tierra de pobreza”. 

¿Quién desecará las lágrimas de Ana Catalina?

En una finca ubicada cerca a la Ciénaga de La Pacha, por la parte de la vereda Latal, perteneciente al corregimiento de Sabana Nueva, en el municipio de San Pelayo, se vino el agua con furia en pleno verano, cuando el ganado ya se había comido todo el pasto. Los rayos alumbraban la sombría noche y la turbulenta creciente del río entraba en todas las fincas, combinada con contaminadas aguas negras provenientes de los arroyos Chaján, Petanas, Cañuelar, La Batea y Las Mohosa. El agua continuaba cayendo, el río incrementaba más y más su creciente alcanzando su altura 10, 15 y 20 cms en potreros abiertos, de tal manera que tras unos pocos días el poco pasto que quedaba lo dañó el proceso de óxido-reducción.

“Teníamos miedo que unas nuevas bocas entraran y ahí si inundaban todo, no quedaba nada por aquí”, dijo Margot Martínez Sierra, sentada en una hamaca al lado de un ventilador, en una entrevista colectiva junto con sus familiares Luis Alfredo López Martínez, Horlidys Vásquez Solano y Néstor Ballesteros Hernández. En donde viven, prevalece la actividad de la ganadería a pequeña y gran escala. El señor Néstor, con su sombrero vueltiao y de saludo fuerte, es un veterano ganadero de 89 años y con alrededor de 40 hectáreas que fueron afectadas por la inundación. Aún así recordó cómo la ganadería cambió la vocación del suelo: “Mi papá cosechaba el maíz, la yuca, el frijol, pero ahora eso no sirve para nada. Desde los sesenta y setenta ya venían desecando”. 

En medio del diluvio que lo anegó todo, los ganaderos sacaron sus hatos a zonas altas. Un caballo asustado se enredó con los alambres de púas, pataleó y se ahogó. Las mujeres rescataban a los carneros. Las personas salieron en canoas. Solo quedaron las gallinas poniendo sus huevos en planchas de zinc y encima de la leña. Las iguanas, en temporada de anidamiento, buscaron zonas altas para poner sus huevos. A pesar de la oscuridad el agua blanqueaba de tanto pescado muerto: mojarras, bocachico, moncholo, bagre y liseta. Cuando se secó el agua, el cementerio de peces fue devorado por los buitres y la tierra quedó embalsada, brillante, de pura escama. 

A medida que reconstruye este relato, Ana Catalina Llorente Negrete, mujer adulta que bordea los 70 años, también habitante de Latal, con la voz quebrada y llanto en sus ojos, dijo: “Nosotros reclamamos con todo el corazón, es ayuda”. Llora, al igual que el río; deja a sus lágrimas correr; deja entrever en sus palabras que resisten y luchan contra el depredador desarrollo occidental; mira a todos los que están en la conversa, coge fuerza y canta unos versos de una décima vallenata: “Me amaña, Sabana Nueva eres gloria. Lo mismo que tus mujeres, hermosas sin condición, porque la mujer sinuana es digna de admiración”. El ambiente se llena de rostros relajados con la certeza de esas letras, y con su entonación. Yo me pregunto para mis adentros, ¿Quién desecará las lágrimas de Ana Catalina?

Mientras ella canta, su esposo Marconi José Altamiranda Espitia, de 72 años, la mira con admiración y recuerda: “en la época de mi papá no había canal, ni terraplén. Todo era libre. Las aguas venían para finales de agosto y septiembre desde Montería, de zonas como Las Palomas, Martinica y Leticia y casi no se inundaban. Llegaba el recurso hídrico y llenaba hondos pozos que las amortiguaban, y luego se desplazaba hasta el caño La Balsa que desagua por allá en San Bernardo del Viento. Los ricos empezaron a canalizar y le echaron agua podrida al caño La Caimanera, esa pudrición daña la corteza principal de la tierra, la yuca y el plátano no prosperan, y la construcción quedó mocha. Sin tener por dónde salir, las aguas rompen por donde sea e inundan. Eso toca que lo conecten con el caño La Balsa, para desembocar al mar”, concluyó Marconi, dueño de 3 hectáreas de tierra y 10 vacas. Por la ausencia de pasto se ve obligado a comprarlo cada mes: sesenta mil pesos por una vaca escotera y ochenta mil por una parida. 

Osamentas de animales decoran el paisaje. La tierra es árida, seca y está quebrada, como piel de caimán, por el paso del agua y el peso del ganado. Unos marranos se alimentan de racimos de plátano papoche que cayeron al suelo. En una vivienda de la misma vereda se encuentra Isabel Arbelaez*, cuidadora y ama de casa en una finca. La inundación, con una potente y barrosa corriente, afectó unas tuberías y destruyó 3 puentes, dejando incomunicada a la comunidad. Su situación resume la de otras muchas personas que habitan por acá: los políticos, tan acuciosos por estos días de elecciones, le pidieron votos a cambio de ayudas. Los ganaderos de la zona no aportaron nada a la comunidad. El dueño de la finca no le permite cultivar. Sus hijas se fueron a vivir lejos de la familia por miedo a contagiarse de dengue. Los patos que tenía se le murieron porque comieron peces muertos. Las ayudas gubernamentales que le enviaron fueron cuatro libras de arroz. Por fortuna, una red de solidaridad le envió ayudas. 

La situación de Isabel refleja la realidad de otras 500 personas más que viven al lado de la margen izquierda de Sabana Nueva, las cuales decidieron, el miércoles 25 de febrero, hacer un bloqueo exigiendo ayuda al gobierno local. “Difícil el acceso aquí. A veces pienso, si llega a haber un enfermo a medianoche cómo hace uno. Eso es crítico, se nos muere una persona aquí, en las manos, sin poder hacer nada”, dijo Isabel mientras le echaba cloro al poco líquido vital que consigue, pues en su casa no hay agua, se “baña” con pañitos húmedos. 

Imagen 1. Barrio El Campano de Berlín, zona urbana de Montería, después de su demolición e inundación, marzo 2026.
Imagen 2. La comunidad del corregimiento de Martinica, pide que se drague el caño La Caimanera antes del nuevo ciclo de lluvias en abril próximo.

La inundación, el destape de muchas cosas

Alejándose de Latal, el soleado y abierto día pierde su azul. Al medio está el agua que llegó resabiada por la inundación, ahora reposa tranquila en la Ciénaga de La Pacha. A su lado, un Campano da sombra a varias reses, y en honor a su majestad bautizaron el barrio en el que ahora estamos, El Campano de Berlín, como también es conocido el humedal ubicado a la margen izquierda de Montería, a donde llegaron hace pocos años a asentarse algunas familias, seguidas, poco después por otras tantas, y otras más, hasta sumar centenares más, muchas de ellas forman parte de las 65.000 familias solicitantes de vivienda en solo la capital cordobesa. Aquí empezaron a poblar, buscando un pedazo de tierra para vivir, cultivar arroz, yuca y otros muchos frutos de pan coger. 

Se trata de un sueño torpedeado para algunas de estas familias. El 26 de enero de 2026, días antes del diluvio, 2.100 familias, sin incluir a los parceleros, y después de dos años de posesión, fueron desalojadas y sus casas demolidas por un pleito judicial interpuesto por un privado. El fallo también obligó a la Alcaldía, en un término de 4 meses, a plantearles una solución. “Tuvimos dos desplazamientos: uno ambiental y otro promovido por la justicia. No pertenezco a ningún censo porque venimos de un proceso de demolición y no queremos mezclar las cosas. Tiene que haber voluntad política, porque tienen tierras. El artículo 51 de la Constitución Nacional fue creado para eso” dijo, con un dejo de tristeza que no pudo contener, Luis Castillo, líder social y uno de los abanderados del proceso. El Campano de Berlín quedaba entre los barrios El Dorado, El Poblado y el recién fundado barrio Vallejo, de clase media, todos construidos sobre el humedal. “Si hubo para aquellos, pero no para nosotros”, dijo el líder.

Son realidades y palabras que dan bríos para continuar el recorrido por una ciudad y sus alrededores marcados por la pobreza y la desigualdad social, así como con marcas del fuerte golpe recibido por las aguas que trajo hasta aquí el llamado frente frío del Norte. El calor en la ciudad es duro, parece una olla a presión, suavizado por el viento que refresca mientras se viaja en motocicleta, el servicio de transporte más común en la capital de Córdoba. Al paso se aprecian pilas de maíz que sirven como comida para el ganado, así como decenas de casas construidas en las intersecciones. Al llegar a la Universidad de Córdoba, la jefe del departamento de Geografía y Medio Ambiente, Teonila Aguilar, dijo: “Si los gobiernos no cierran las brechas entre comunidades rurales y comunidades urbanas, el impacto de los desastres naturales va a seguir siendo cada vez más desastroso, generará mayor pobreza y desplazamiento. Estamos hablando de una nueva forma de desplazamiento forzado por fenómenos climáticos. Hay una Sentencia de la Corte que protege a los desplazados por el problema del clima. Se vendrá un debate jurídico porque la gente se va a amparar en ese tipo de políticas […]. Las viviendas que se reconstruyan no pueden ser las mismas de antes. Podrían ser viviendas palafíticas y retomar la cultura del hombre anfibio que sabía vivir con las inundaciones y también sabía vivir con la época de sequía”.

En la misma oficina, bajo la fresca temperatura que propicia un aire acondicionado, se encontraba Rubén Darío Godoy, profesor del mismo departamento y experto en temas de ordenamiento territorial. Para él no existe planificación en el territorio cordobés. Se remite a la Ley 135 de 1961 en su artículo 58, donde está plasmado que se puede hacer anegamiento. “Esa palabra siempre la he considerado crítica, al hacer anegamiento usted puede desecar”, recalcó el académico, quien acompañó desde el 2006 el Plan de Ordenación y Manejo de la Cuenca Hidrográfica del Río Sinú (Pomca), en el que propuso delimitar los humedales, pero no se hizo. Con la elaboración del Plan de Ordenamiento Territorial (POT) del 2010, fue con un equipo a buscar 42 humedales, y la sorpresa fue mayor al constatar que prácticamente todos habían desaparecido. 

El profesor Rubén, en un leve rictus, develó preocupación, retomó la conversación con tono sereno y dijo: “Tampoco se delimitó el corredor urbano para mirar cuáles zonas había que intervenir y cuáles no. Ese es un gran error. En el ordenamiento territorial que se hizo en el 2021 no se reglamentó el suelo rural. No está reglamentada la vivienda campesina. Hay un desorden, no hay planificación. Sin embargo, existen directrices de qué se debe hacer para tener un territorio sostenible. Esos documentos no hay quién los haga cumplir. La planificación rural del territorio no tiene una norma, y si no tiene una norma, cada quien hace lo que quiera, eso es lo que sucede aquí en Córdoba”.

Al lado del edificio administrativo de la Universidad, en una pequeña plazuela hay un busto de Carlos Marx, sobre cuya cabeza, al momento de pasar frente a ella, se posó un benteveo de pico corto, pecho amarillo y alas marrones. Su libre vuelo nos alegra. En un salón cercano nos espera la profesora Doris Helena Serrano, Doctora en Planificación y Manejo Ambiental de Cuencas Hidrográficas, quien plantea que, en términos de monitoreo hidrometeorológico, el país enfrenta una brecha crítica debido a que no existe una base científica sólida ni estandarizada que respalde plenamente el uso de la información geográfica y climática actual. Aunque entidades como el Ideam, el Igac y el Servicio Geológico, generan datos valiosos, la inexistencia de una estructura académica rigurosa limita la precisión en el análisis de las estaciones de monitoreo meteorológico, algunas de las cuales no funcionan en Córdoba, a pesar de su vital importancia para entender las dinámicas ambientales y de riesgo en el territorio. Ante este panorama, la académica plantea una propuesta para construir un sistema unificado que actúe como puente entre la academia y el Estado.

“Este sistema busca integrar la rigurosidad investigativa de las universidades con la capacidad operativa de las entidades nacionales, permitiendo que la información meteorológica deje de estar dispersa y se convierta en una herramienta técnica coherente para la toma de decisiones estratégicas en el país”, sustentó, con tono seguro la académica, que ya está trabajando en una versión beta del programa. Este sistema, si se llega a consolidar con la financiación, tecnología, engranaje interinstitucional y equipo humano, podría detectar fenómenos hidrometeorológicos atípicos, hasta con 15 días de anterioridad, para que los planes de gestión de desastres y mitigación puedan ser diseñados y puestos en marcha de manera oportuna. 

La inundación anegó decenas de barrios, veredas y territorio alrededor y dentro de Montería, pero al mismo tiempo destapó muchas cosas, y, por los senderos del agua nos dimos cuenta de otras. Al ver un viejo mapa de Montería, detallando en la zona de la actual inundación, constatamos que coinciden los cuerpos de agua que estaban con los que inundaron los barrios de la margen izquierda de la ciudad. Lo mismo podría replicarse para todo el departamento. El agua recupera lo que es suyo, con alto costo para centenares de familias que son llevadas a habitar terrenos en los cuales no procedía levantarse sus viviendas. 

Las inquietudes que surgen ante esta realidad son varias, y pueden ser muchas más, todas ellas deben ser parte del debate ciudadano para ordenar de manera adecuada el territorio que habitan: ¿Cuál será la solución definitiva para que no se repita esto? ¿Dar semillas de pasto, sembrar bosques de galerías, dragar los canales? ¿Adaptar el territorio para el cambio climático, pero manteniendo la ganadería extensiva y la desecación, no es esto un oximorón? ¿Cambiar los modos de producción y tipos de consumo a nivel local y global, nos liberará de la hecatombe? ¿Recuperar los humedales ahora desecados y convertidos en terrenos para el pastoreo de bovinos? ¿Reubicar parte de la población que hoy habita la ciudad, fundando una nueva población ordenada con total apreciación del cambio climático y todo lo que este implica? 

Las preguntas son tantas como las tristezas que hoy cubren los rostros de miles de personas que aún no saben cómo van a recuperar lo poco que tenían y cómo van a rehacer su presente y proyectar su futuro. Una realidad que entona el pescador y poeta Emilio Camarillo Hernández en su poema Caño Bugre, con versificación histórica: “¡Oh Caño Bugre! / Desde tu boca toma, hasta los derramaderos / Fuiste el camino acantilado de todos los bajeros / Y cuando eras sendero… / Se escuchaba el golpe del canalete, la palanca y la mareta / Sobre el borde de la marqueta / Que eran conducidas por varios hombres corpulentos… / Empujaban, corrían y alternaban, a veces hasta cantaban / Felices y contentos, hasta llegar a los puertos / para el desembarque de las canoas grandes, con toneladas de cargamento”.  

* Nombre cambiado a petición de la fuente.
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