




Colombia es un país de regiones biodiversas, pluricultural y multiétnica. Es un territorio de vida que por su ubicación geográfica cohabitan variedad de climas y ecosistemas, y riqueza de especies; poblaciones indígenas, negras o afrocolombianas, raizales, palenqueras y comunidades Rom, que para conocerlo de mejor manera es necesario mirarlo con una perspectiva holística. A nivel regional, las comunidades luchan por la defensa de la vida, la naturaleza, el territorio, el acervo cultural, el patrimonio, la identidad territorial, sus creaciones, saberes, experiencias, usos y costumbres.
Barranquilla está denominada como Distrito Especial Industrial y Portuario, ubicada en la costa Caribe, siendo, junto con Santa Marta y Cartagena de Indias, una de las principales ciudades del norte del país. Por su situación geográfica en la costa del Caribe y por su auge económico durante el periodo colonial, y posteriormente en la República, el hoy Distrito de Barranquilla se transformó de ciudad industrial y portuaria, a centros de comercio, territorio receptor, en décadas pasadas, de migrantes provenientes de distintos continentes, y en décadas recientes en receptora de gente desplazada por la violencia, así como de inmigrantes en busca de mejores oportunidades de vida provenientes de distintos lugares del país, que también realizan su aporte cultural significativo y relevante a la ciudad y por supuesto, a las festividades carnestoléndicas.
El Carnaval de Barranquilla es una de las celebraciones culturales más importantes que se realizan en Colombia. Por su tradición histórica, expresividad artística, riqueza cultural, apropiación colectiva, entre otras razones, fue declarado por la Unesco en el 2003 como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Por similares motivos también fue reconocido como «Patrimonio Cultural de la Nación», en declaración del Congreso Nacional de Colombia el 26 de noviembre de 2001 e integrado en el 2008 a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
La declaración de la Unesco, aunque positiva potenció la disputa que ya germinaba entre comunidad y empresarios del espectáculo, los unos por preservar el carácter popular de las fiestas, como expresión efectivamente popular de las mismas, y quienes lo único que ven en ellas es un mercado, un potencial de lucro, entre ellos quienes monopolizan la administración de la ciudad.
Imagen 1. Entierro de Joselito Carnaval 2025. Alfredo González. Fotografía Alfredo González.
Imagen 2. Marimondas entierro de Joselito 2026. Alfredo González. Fotografía Edwin Doria.
¿Fiesta popular o industria cultural?
Para contextualizar lo anotado, tomemos un ejemplo palpable de estás tensiones, presentes cada año al acercarse las fiestas y luego de terminadas. Hace pocos meses, en pleno 2025, tomó forma en la ciudad un debate a propósito del concierto de la cantante barranquillera Shakira por escenificarse en el estadio Metropolitano, por lo que la tradicional noche de Guacherna, creada por la compositora barranquillera Estercita Forero, quedaba desplazada en el calendario y en su habitual horario nocturno para darle paso al espectáculo de la artista de renombre internacional, el cual, de acuerdo a la administración Distrital, generaba ganancias por más de 70 mil millones de pesos a la industria del turismo local, dinero que no necesariamente se verá reflejado en inversión para infraestructura cultural, y mucho menos para mejorar la calidad de vida de los portadores de la tradición y bastiones del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, los Hacedores del Carnaval o Actores del Carnaval, como les denominan en la actualidad, representados por un sinnúmero de expresiones culturales que luchan por salvaguardar el acervo cultural a través de comparsas, danzas de tradición y relación, cumbiambas, disfraces individuales y colectivos, letanías, grupos musicales folclóricos, orquestas, combos, artesanos, colectivos de teatro de comedia, entre otras.
La polémica no es nueva. Cada año cuando se aproximan las fiestas, la ciudad de Barranquilla desde hace más de dos décadas se debate en una controversia a propósito de su fiesta de carnaval, cuya primera versión se dio en 1881, carnestolendas que se realizan en los países de tradición cristiana justo antes de iniciar la Cuaresma. Precisamente, la polémica en Barranquilla se centra entre quienes consideran que el carnaval debe ser una industria cultural del entretenimiento de economía naranja1, y los que defienden la fiesta popular como una tradición de la cultura popular de la región Caribe.
Fiestas populares
Para sintonizarnos con el tema es de relevancia remitirnos al concepto de carnaval como fiesta en el marco de la cultura popular, formas de cultura tradicionalmente atribuidas a las clases sociales desfavorecidas, en oposición a la de las élites, considerada como verdadera cultura, en muchas ocasiones como la cultura oficial.
En su origen, el carnaval toma cuerpo como expresión festiva popular, donde se subvierte el orden social y transgrede espacio y tiempo de la cultura oficial, de las normas y valores de la clase dominante, al punto de poner el mundo patas arriba. El poder de las autoridades del Estado y de la Iglesia puede ser rechazado por los dominados, pero sólo de forma simbólica. Según el ruso, Mijail Bajtin, en su libro, La Cultura Popular en la Edad Media y el Renacimiento: “el carnaval se elabora, en una forma sensorialmente concreta y vivida entre realidad y juego, un nuevo modo de relaciones entre toda la gente que se opone a las relaciones jerárquicas y todopoderosas de la vida cotidiana”. Poner el mundo patas arriba durante los días de carnaval era permitido por el poder y los grupos dirigentes, como especie de válvula de escape de los grupos subalternos, quienes veían así compensadas ritualmente las frustraciones derivadas de la desigualdad en riqueza, poder y estatus2.
El carnaval de Barranquilla no es ajeno a esta concepción originaria. Durante muchas décadas, en los días de Carnaval ningún acto era ilegal. En los barrios cualquier parroquiano se transformaba en un obispo, animal, diablo, una mujer y viceversa, o en un rey que decretaba su propia ley. Nada había que hacer, el goce era garantizado hasta el amanecer. La gente en los barrios se transformaba. Sus disfraces de parodias inventaba. Con retazos de telas, elaboraban sus acuarelas.
En esa dinámica y tradición, en medio del festín, de la burla, de la parodia de los poderosos, riéndose de ellos, de la reivindicación de líderes y luchadores populares, los y las portadoras de la tradición y el patrimonio material e inmaterial de la cultura popular del carnaval de Barranquilla, han desempeñado un papel muy importante en la conservación de las tradiciones, usos, costumbres, hábitos y comportamientos en el territorio Caribe, además, de la preservación de los elementos socioculturales de generación en generación.
Sin embargo habría que preguntarnos ¿El espíritu transgresor de las fiestas del Rey Momo en Barranquilla aún se conservan? Para responder a este interrogante, es imperativo señalar los elementos característicos del carnaval que lo definen como transgresor:
Según Javier Marcos Arévalo3, en un artículo publicado en la Gazeta de Antropología, “El carnaval en su esencia es una fiesta caracterizada por la transgresión metafórica o ritual de las normas establecidas. Un gran número de ritos del carnaval incluyen una inversión de estatus, sexos, edades, roles, como aquellos que rompen con las normas sociales y se expresan por medio de la burla, la crítica y la irreverencia”. Las expresiones orales que narran situaciones de la vida social critica a personajes de la coyuntura o burla política, especialmente de las autoridades, o como los que violan una ley, mandamiento o deber de Dios eran expresiones, que en décadas anteriores, los colectivos de “Letanías” barriales pregonaban por doquier en Barranquilla, durante los cuatro días de las festividades, asimismo sus distintas manifestaciones en cada esquina de la ciudad. Una dinámica hoy reducida en su potencia, ya que el Carnaval está limitado a concursos realizados en tarimas, y en desfiles programados, organizados, controlados y limitados los ingresos por la oficialidad que rige y determina sus actividades.
Pese a ello, por cualquier hendidura se filtra la transgresión popular. El Carnaval del pasado febrero 2026, por ejemplo, estuvo presente en la vitalizada sátira política: Solo Petro en esta mondá, frase de la que fue objeto de burla el alcalde de la ciudad Alex Char, contradictor político del Presidente durante su recorrido en la Guacherna y otros desfiles, fue abordado desde el público por algunos de los miles de asistentes para una selfíe y fue sorprendido en varias ocasiones con la dichosa frase.
De igual manera, la canción más pegada en este Carnaval fue la champeta titulada: “El vacile de los tombos”. Cuando la policía llegaba a los barrios populares a cancelar las fiestas callejeras, obviamente gratuitas y sin permiso, animadas con grandes equipos de sonido, conocidos como los Picó, les colocaban el tema, y la gente les bailaba y coreaba: “Me quieren echar los tombos, yo no cómo de tombo, tombo que venga es vale mía, tombo que venga le regaló su fría…”.
Otras consideraciones advierten: no toda crítica es estructural o transgresora, existe una que es coyuntural o específica, centrada en situaciones particulares, pasajeras y no necesariamente de fondo. La estructural ya es escasa. Pero, aunque negada, y pese a los mercaderes de lo popular, ahora en gran medida institucionalizado, se mantiene viva en las barriadas.
Imagen 1. Entierro de Joselito Carnaval, 2025. Desfile de cierre, Martes de Carnaval. Fotografía Edwin Doria. Imagen 2. Danza de Congo, Desfile Carnaval del Sur Occidente. Fotografía Alfredo González.
Creciente tensión
Los creadores y portadores del patrimonio del Carnaval sienten amenazadas y en riesgo potencial la supervivencia de numerosas expresiones tradicionales debido al avance de la comercialización de las fiestas, ahora transformadas en una manifestación mercantilista que se distribuye en mercados de consumo, con marcada función de reproducción ideológica y social.
Por ejemplo, durante el Carnaval 2026 la economía de la ciudad tuvo un movimiento de más de 850.000 millones de pesos, según cifras oficiales. Aunque este gasto genera beneficios económicos a la ciudad, no precisamente contribuye a mejorar las condiciones económicas, sociales y culturales de la sociedad barranquillera, mucho menos de las familias de bajos ingresos, ni de los custodios y protagonistas de las diversas tradiciones heredadas de la convergencia de los pueblos y culturas indígenas, europeas, africanas, ibéricas, árabes y judías.
Para quienes defienden la fiesta popular consideran que desde el momento en que este Carnaval fue declarado Patrimonio Oral e inmaterial de la humanidad4, la élite barranquillera se apropió del manejo, producción y ejecución del precarnaval y del carnaval, despojando al pueblo barranquillero de sus tradicionales fiestas carnestoléndicas, celebradas anualmente, inmediatamente antes de la cuaresma cristiana. ¿Cómo se manifiesta esto? Anteriormente toda la ciudad era un carnaval, hoy esa realidad quedó transformada en una serie de desfiles y eventos estacionarios escenificados en la calle y plazas principales, con el único propósito de generar ganancias. Eventos privados que cobran si quieres entrar; pero también venta de los asientos en las tarimas dispuestas para que espectadores pasivos “consuman Carnaval”, celebrado por la gente popular en sus comparsas y otros montajes por los cuales nada les pagan.
Tenemos, entonces, que el hecho cultural también se privatiza, y es rentable. En medio de ese proceso se pierde lo que afirma Mijail Bajtin. “En el carnaval, los espectadores no asisten al carnaval, sino que lo viven, ya que el carnaval está hecho para todo el pueblo. Durante el carnaval no hay otra vida que la del carnaval. Es imposible escapar, porque el carnaval no tiene frontera espacial”.
Una realidad que ha quedado en el pasado. Hoy domina y determina el Carnaval la empresa carnaval de Barranquilla S.A.S, sociedad mixta que se rige por el derecho privado. Se burlan así del sentir y deseo popular, pero también de la misma normatividad que había recogido esta tradición, como fue plasmado en la Ley 397 de 1997, la misma Ley General de Cultura, así como la Constitución colombiana de 1991 y leyes conexas.
¿Quiere gozar? ¡Pague!
Durante el precarnaval (uno o dos meses antes de los cuatro días del festejo carnestoléndicos) y el Carnaval mismo, el distrito de Barranquilla entrega el manejo del espacio público a la empresa Carnaval S.A., la cual es la que dictamina el uso del suelo durante las fiestas, usufrutuando el bien común de manera privada y negando el derecho a la libre expresión cultural de las comunidades en sus territorios, llámese calles, barrios, localidades etc. Recordemos que las empresas privadas no garantizan derechos, solo buscan dividendos.
Desde hace unos años, Carnaval de Barranquilla S.A.S. organiza una agenda oficial que incluye más de 30 eventos principales durante la temporada de precarnaval y carnaval. Estos eventos tratan de destacar en su enfoque la tradición y la cultura, incluyendo: Lectura del Bando, La Guacherna, la coronación de la reina, Batalla de Flores, el Festival de Orquestas, Carnaval de los niños, Desfile del Rey Momo, Gran Parada de Tradición, Gran Parada de Comparsas, Festival de Orquestas, Entierro de Joselito. Este último era un disfraz o performance de colectivos diversos de origen popular que se realizaba de manera espontánea en todos los barrios el último día de carnaval, aludiendo de manera simbólica a la despedida de Joselito carnaval. Este personaje es sepultado de manera jocosa por decenas de viudas que lo acompañan a su morada final, pero como dice la canción titulada “El Muerto vivo”, más conocida por el canto: “No estaba muerto, andaba de parranda”, del compositor manizaleño Guillermo González Arenas.
Según la Empresa, la agenda festiva 2026 de Barranquilla contó con más de 1.600 eventos en total, incluyendo los de la S.A.S. y otros organizadores. Por ello, quienes tienen la rienda económica, social y política de la ciudad siguen considerando que el Carnaval debe ser una industria cultural del entretenimiento de economía naranja, al servicio del turismo nacional e internacional, que genere alta rentabilidad económica, no solo a los organizadores y administradores de las fiestas, pertenecientes al ámbito de lo privado y a los grandes operadores del carnaval, sino principalmente, a las industrias hotelera, bebidas alcohólicas, agua y gaseosas, gastronómica, y de transporte aéreo y terrestre. Además de quienes tienen el manejo logístico, de infraestructura y difusión de las fiestas, entre ellos: empresas prestadoras de servicios de comunicación, medios masivos de información, palcos, silletería, tarimas, equipos de luces y sonido, carpas y baños portátiles. Esto, por solo nombrar algunos aspectos del engranaje de la industria cultural carnavalera, sin mencionar, los dineros que generan las fiestas para la economía “informal”, las tiendas, cantinas, estaderos, bares y discotecas.
A pesar de la realidad comercial actual de las fiestas, y de la anuencia de los que tienen el manejo político y administrativo de la ciudad, los hacedores del carnaval o actores del carnaval, como se les denomina, sin mencionar la población en general que ya no cumple el rol de especta-actores,representados por comparsas, bailes populares, como verbenas y k-z(s) dentro del calendario festivo oficial, que con esfuerzo, realizan grandes inversiones de trabajo, creatividad, económica y logística, lucrando a la industria y distribuidoras de tela, lencería, zapatería, accesorios, sombrero y utilería, no obstante, los 35.000 hacedores y hacedoras, energía vital del hecho festivo, así como los cerca de 9.000 músicos que se expresan en él, por fuera de las grandes orquestas que llegan con grandes contratos debajo del brazo, son las grandes “damnificadas” del negocio de la industria carnavalera. Su trabajo creativo y cultural no es remunerado.
Por recuperar
Estamos ante una realidad contradictoria, una disputa entre lo festivo popular y el mercadeo de lo popular festivo. Tratando de recuperar el hecho festivo popular, el carnaval de Barranquilla debe volver y partir desde los barrios, vivir y proyectarse de manera descentralizada, contando con ello con presupuestos descentralizados, cada comunidad construyendo su respectivo plan festivo.
Así las cosas, el Carnaval, con todo el saber hoy acumulado en los territorios populares, debe generar espacios para el intercambio de saberes, experiencias y conocimientos que contribuyan a la construcción de políticas culturales que estimulen a los y las artistas populares, creadores, folcloristas, artesanos, portadores de saberes, investigadores, académicos de las ciencias humanas y sociales y al pueblo en general, para realizar propuestas y acciones que formulen nuevos enfoques y conceptos que garanticen la pervivencia y el autocuidado del acontecimiento más importante en materia cultural, económica y social de la ciudad, la región y el país.
Consciente de la realidad que vive este Carnaval, la Unesco ha recomendado como una de las medidas de salvaguardia que deben aplicarse de inmediato, la de apoyar y estimular a los hacedores del Carnaval, en el sentido de reconocer y potenciar las habilidades y las competencias que portan, para que transmitan sus amplios saberes; que si bien tienen como centro de articulación al Carnaval, representan también: “un conjunto de valores único e irreemplazable, ya que las tradiciones y formas de expresión de cada pueblo constituyen su manera más lograda de estar presente en el mundo”5. Afirmamos que el Carnaval expresa una manera de estar en el espacio simbólico, social y natural de Barranquilla.