El capitalismo genera grandes desigualdades en la distribución de la renta y la riqueza. Los datos existentes muestran que la desigualdad global –aquella que se produce entre las personas de todo el mundo tomadas en su conjunto, con independencia del país en donde viven– aumentó sostenidamente desde la instauración del capitalismo industrial, hacia 1820, hasta la I Guerra Mundial. Luego se estabilizó a un nivel más bajo hasta los años 1970 y volvió a subir hasta principios del siglo XXI, cuando ha empezado a disminuir. Esto último se debe fundamentalmente al fulgurante ascenso de la renta per cápita de China –y en menor medida de otras economías del Sur–, que reduce la desigualdad entre países, acompañado por un retroceso relativo en su posición en la distribución mundial de la renta de la mayoría de la población de las economías del Norte, fruto de los recortes del Estado del bienestar y la precarización del empleo.

Desigualdad global 1820-2024 (%)

Desigualdad global 1820 2024b

Fuente: elaboración propia con datos de World Inequality Database. El gráfico recoge la evolución del índice de Gini mundial, así como la parte de la renta mundial que se reparte el 1 % y el 10 % con mayores ingresos y el 50 % con menores ingresos de la población mundial

Esa evolución de la desigualdad global no es incompatible con el incremento de la desigualdad entre las zonas más ricas y más pobres del mundo, que sigue produciéndose. Ni con una mayor desigualdad interna en cada país, que es uno de los rasgos distintivos de la fase neoliberal del capitalismo. Y, sobre todo, convive con una mayor desigualdad entre los extremos de la distribución personal de la renta y la riqueza a nivel mundial, que actualmente se expresa con obscenidad en forma de unas 3.000 personas milmillonarias –de las que solo el 13% son mujeres– frente a unos 700.000.000 de seres humanos en extrema pobreza y pasando hambre, entre los que hay más mujeres que hombres[1].

Aunque los datos sobre renta y riqueza no se desagregan por género, la brecha es enorme, como muestran otros indicadores. Así, de acuerdo con el último Informe sobre la Desigualdad Global[2], a nivel mundial las mujeres solo consiguen en 2025 el 28 % de los ingresos laborales totales. Esto se debe a que trabajan menos horas –menor tasa de empleo y más empleo a tiempo parcial–, pero también a que cada hora trabajada se les paga un 39 % menos que a los hombres. Además, cuando se tiene en cuenta tanto el empleo remunerado como el trabajo doméstico y de cuidados no pagado, las mujeres trabajan el 55 % de las horas totales –53 horas a la semana frente 43 de los hombres–, ingresando un 68 % menos que los hombres por hora trabajada.

Detrás de esa tremendamente injusta desigualdad se encuentra la versión neoliberal del capitalismo salvaje, que tiene mucho de darwinismo social. Comenzó su andadura en los años 1980, cuando el ideario de renovación del liberalismo, elaborado a partir de los años 1930 tras el profundo revés de la gran depresión, logró dominar en los parlamentos y hacerse con los gobiernos de las principales economías del Norte. Y desde entonces se ha consolidado como doctrina política y económica dominante, con un discurso que oculta lo que realmente persigue y consigue: restaurar el poder de clase, aumentando los beneficios empresariales a costa de las mayorías sociales.

El proyecto neoliberal pasa por imponer su racionalidad, que generaliza la competencia como norma de conducta en todos los ámbitos de la vida social y la empresa como modelo al que aspirar. Y, a pesar de que según el momento y el lugar presente múltiples variantes, todas las versiones del neoliberalismo realmente existente comparten una estrategia política de lucha contra la igualdad en favor de las élites económicas. Incluida la del neoliberalismo progresista de la tercera vía presuntamente socialdemócrata, que no deja de ser otra expresión de la connivencia entre élite política y oligarquía económica. Claro que, al no atender ninguna reivindicación colectiva de justicia social o redistribución de la renta, el neoliberalismo debe protegerse de la democracia, no vaya a ser que una mayoría de votantes cuestione su proyecto. De ahí el impulso de acuerdos internacionales que escapan al control democrático de la ciudadanía de cada Estado, para que funcionen como una auténtica constitución económica irreversible que perpetúe las reglas de juego neoliberales. De ahí también su preferencia por la plutocracia frente a la democracia liberal, aunque en su discurso esté intrínsecamente ligada a la libertad económica. Y de ahí el ascenso del llamado neoliberalismo autoritario, como si el autoritarismo fuera ajeno al proyecto original.

En definitiva, el capitalismo neoliberal concentra la renta y la riqueza, alimentando la plutocracia, a costa de la precariedad y la pobreza de gran parte de la población. Y lo hace esquilmando aceleradamente el planeta y apropiándose del trabajo no remunerado del hogar y de cuidados, realizado mayoritariamente por mujeres.

Esto es lo que hay. Pero no hay que resignarse. Quienes no estamos de acuerdo con la realidad, debemos intentar cambiarla. Y para hacerlo conviene empezar por proponer proyectos alternativos. Porque, en contra del mantra popularizado por Margaret Thatcher, sí hay alternativas. Aunque no todas sean igual de buenas.

El neoliberalismo progresista persigue la igualdad de oportunidades –acceso a la alimentación, la sanidad, la educación y el empleo–, que se lograría con un sistema impositivo progresivo que, junto a medidas en el ámbito laboral, posibilite una cierta redistribución de la renta. Eso está bien, pero es totalmente insuficiente. Asegurar el acceso de todas las personas al mercado conduce a aceptar como justos los resultados producidos por ese mismo mercado. La igualdad de oportunidades es la base del discurso meritocrático, que no recompensa el esfuerzo, sino que sirve para legitimar los privilegios heredados y los rápidos enriquecimientos obtenidos por medios muy poco presentables. Consolida así el statu quo, contribuyendo a paralizar la movilidad social, que es lo que promete. Por eso, la realmente deseable por sí misma es la igualdad material profunda –nutrición adecuada, estado de salud, nivel educativo, renta…–, la que se refleja en los resultados[3]. Esa que el neoliberalismo lleva cuatro décadas socavando.

Tampoco constituye una alternativa viable el capitalismo verde y digital, que las élites económicas y políticas proponen desde hace unos años para hacer frente a la crisis ecológica y social global, compaginando crecimiento económico inclusivo –que reduce la desigualdad– con lucha contra el cambio climático y gestión energética sostenible. Porque las cuentas no salen. Aparte de requerir una profundización del extractivismo neocolonial en la búsqueda desesperada de materiales críticos, lo que ahonda la brecha Norte-Sur, el optimismo tecnológico subyacente obvia que no hay una desmaterialización real de la producción, que muchas actividades extractivas son altamente contaminantes y que las reservas de minerales son finitas[4].

Ahora bien, no hay problemas insalvables de recursos para que todos los seres humanos podamos vivir bien sin destrozar la biosfera. Avanzar por caminos distintos al actual o a las propuestas de mera reforma del capitalismo neoliberal es una opción humana, una decisión política, que pasa por el reparto justo de la renta y la riqueza, ahora y con las generaciones futuras. Es difícil pero no imposible. Y uno de los elementos imprescindibles para poder hacerlo es diseñar un principio distributivo muy diferente al dominante en el capitalismo, particularmente en su versión neoliberal.

Un criterio alternativo para la distribución de la renta y la riqueza
La economía neoclásica sostiene que, en unos hipotéticos mercados autorregulados, la renta se reparte en función de las productividades marginales de capital y trabajo. Esta teoría de la distribución se presenta como una ley natural, una cuestión meramente técnica, que de una forma objetiva –presuntamente aséptica, aunque cargada de ideología para naturalizar la desigualdad y justificar las bondades del capitalismo– otorga a cada cual lo que ha creado, negando la existencia de la lucha de clases. De hecho, a finales del siglo XIX, John Bates Clark contraponía explícitamente su criterio de que “a cada cual lo que ha creado”, con el de “algunos socialistas” que defienden “un cierto ideal de equidad en la distribución” consistente en “trabajar según la capacidad y pagar según la necesidad”. Y consideraba que la libre competencia, que identificaba con las leyes naturales, hacía posible una sociedad eficiente y justa[5]. Por ello, cualquier intervención del estado para redistribuir el ingreso sería perjudicial para el crecimiento económico.

Esa teoría de la distribución de la renta se basa en la función de producción neoclásica, pero el debate teórico con las escuelas neorricardiana y poskeynesiana –lideradas por Piero Sraffa y Joan Robinson–, conocido como la polémica entre los dos Cambridge, demostró hace más de medio siglo la imposibilidad lógica de construir esa función[6]. Esto debería haber bastado para anular esta teoría de la distribución, pero sigue dándose por válida. Por un lado, porque sus defensores –encabezados en esto por Milton Friedman–, consideran que una teoría no puede juzgarse por sus premisas, sino solo por la medida en que sus predicciones se ajustan a la realidad; e incluso llegan a sostener que las presunciones no realistas son el sello distintivo de una buena teoría[7]. Y, por otro, porque a pesar de sus debilidades teóricas y difícil encaje con la realidad social, el análisis neoclásico es el fundamento económico del neoliberalismo.

Frente a esa impostura, resulta necesario contraponer otro principio distributivo, que puede consistir en recuperar el conocido aforismo de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. Este criterio ético de cooperación fraternal, que liga un derecho con una obligación, se apoya en diversas formulaciones ideadas por el pensamiento socialista en los albores del capitalismo industrial y se popularizó como lema a mediados del siglo XIX, asociándose al comunismo y siendo asumido por Karl Marx años más tarde[8]. No obstante, conviene recordar que, de acuerdo con Marx[9], durante la transición a una sociedad comunista seguiría rigiendo el criterio capitalista de a cada cual según lo aportado, y no sería hasta alcanzar la fase superior de la sociedad comunista cuando se aplicara el principio de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. Y es que, para Marx, sería necesario haber conseguido previamente un gran crecimiento de las fuerzas productivas y la abundancia de riqueza colectiva. Por eso, utilizarlo a estas alturas del siglo XXI requiere añadir algunas precisiones indispensables, ya la economía política debe integrarse con las trascendentales aportaciones de la economía ecológica y la economía feminista.

De entrada, hay que preguntarse si es posible llegar a esa sociedad de la abundancia en un planeta finito. La respuesta depende de qué concepción se tenga de la abundancia, porque, como ya señalara Mahatma Gandhi, no es lo mismo satisfacer las necesidades de las personas –para lo que él creía que la naturaleza ofrece lo suficiente– que su codicia. Por tanto, nos situaríamos fuera del marco del capitalismo, pero también de lo que se dio en llamar socialismo realmente existente, en referencia al extinto bloque soviético, por lo que habría que plantearse transitar hacia una organización social alternativa a ambos. Hacia un nuevo orden social institucionalizado, que nos permita vivir bien, con libertad y en democracia, sin destruir el planeta. Como el concebido por Nancy Fraser cuando habla del socialismo para el siglo XXI, en el que no debe haber mercados en la cima –asignación del excedente social– ni en la base –cobertura de las necesidades básicas–, pero tal vez sí se deba contar con algunos mercados en el medio, junto a cooperativas, tierras compartidas, asociaciones autoorganizadas y proyectos de autogestión[10].

En ese contexto, la obligación de que cada persona aporte trabajo de acuerdo con sus capacidades incluye necesariamente al trabajo doméstico y de cuidados, que debe repartirse equitativamente entre hombres y mujeres. Porque, como señala Yayo Herrero, la dependencia mutua es un rasgo inherente de la vida humana y debemos llevar a cabo una metamorfosis que haga del sostenimiento de la vida una auténtica prioridad[11]. Y, como también somos seres ecodependientes, el derecho adquirido a que se satisfagan las necesidades de cada persona se refiere a que cada cual tenga lo suficiente para vivir bien, no mejor. Como explica Amaia Pérez Orozco, “ni mejor que antes, ni mejor que el resto, sino bien, en aquello que colectivamente definamos como vida que merece la alegría de ser vivida en un planeta vivo”, de manera que el objetivo sea el buen convivir[12].

Con estos importantes matices, se propone la reactivación en el debate político, económico y social del viejo aforismo, a fin de marcar un horizonte utópico hacia el que avanzar en cuanto a la distribución de la renta y la riqueza se refiere, disponiendo de un criterio alternativo para valorar qué medidas nos acercan a él y cuáles no.

Patxi Zabalo es profesor de economía aplicada en la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU).

Notas:

[1] Patxi Zabalo: Desigualdad en el capitalismo neoliberal: plutocracia, precariedad y pobrezaCuadernos de Trabajo-Hegoa-Lan Koadernoak, 97, 2024.

[2] Lucas Chancel, Ricardo Gómez-Carrera, Rowaida Moshrif y Thomas Piketty (coords.): World Inequality Report 2026. World Inequality Lab, 2025.

[3] César Rendueles: Contra la igualdad de oportunidades: un panfleto igualitarista. Seix Barral, 2020.

[4] Gonzalo Fernández, Erika González, Juan Hernández y Pedro Ramiro: Megaproyectos. Ofensiva corporativa global en tiempos de transición ecosocial. Icaria, 2024.

[5] John Bates Clark: The Distribution of Wealth: A Theory of Wages, Interest and Profits. Macmillan Company, 1899.

[6] Avi J. Cohen y Geoff. C. Harcourt: Retrospectives: Whatever Happened to the Cambridge Capital Theory Controversies? The Journal of Economic Perspectives (17)1, 2003.

[7] Steve Keen: La economía desenmascarada. Capitán Swing, 2015.

[8] Francisco Vigo Serralvo: Breve diacronía del aforismo socialista ‘de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades’. IUSLabor, 3, 2020.

[9] Karl Marx: Crítica del Programa de Gotha. Ricardo Aguilera, 1968 (1891).

[10] Nancy Fraser: Capitalismo caníbal. Qué hacer con este sistema que devora la democracia y el planeta, y hasta pone en peligro su propia existencia. Siglo XXI, 2023.

[11] Yayo Herrero: Metamorfosis. Una revolución antropológica. Arcadia, 2025.

[12] Amaia Pérez Orozco: Ecofeminismos. Sostener la vida y cuidar el territorio cuerpo-tierra, en Amaia Pérez Orozco (comp.), Economías feministas. Arraigo, vínculo, subversión. Traficantes de sueños, 2024.

Compartir: