El sentimiento que en esta gloriosa madrugada del 10 de mayo ha encendido los corazones colombianos y se ha convertido en un grito en las gargantas del pueblo tiene, sobre todo, un significado profundo y maravilloso: el país se ha recuperado. Colombia vuelve a ser Colombia. La nación ha obtenido una victoria contra el autoritarismo. La libertad amanece en todos los horizontes de la república.

La dictadura del General Rojas Pinilla, que llegó a todos los extremos de violencia, arbitrariedad, abusos sin precedentes, libertinaje y traición, ha sido irrevocablemente derrotada por un movimiento de opinión: fuerzas espirituales, como la Iglesia; económicos, como la industria, el comercio y la banca; intelectuales, como universidades y medios de comunicación; sociales, como clubes y sindicatos; valientes, como las formadas por mujeres y estudiantes, opiniones que no tenían otro medio de expresión que el coraje silencioso pero genuino y firme de toda la nación. El espíritu nacional del que una vez hablamos se levantó contra todos los obstáculos, contra todas las restricciones, contra la fuerza y ​​la sospecha de quienes detentaban el gobierno y libraban la lucha. Batalla sin precedentes: hermosa en su propósito; hermoso por como se cumplió; hermosa para el alto ideal que la regía. De aquella batalla debemos mencionar primero – en el informe de victoria – a su intrépido y mágico capitán: ALBERTO LLERAS CAMARGO, quien con heroica fortaleza, excepcional inteligencia e intenso patriotismo ha registrado su nombre -ya por tantos títulos ilustres- en las filas de los héroes. No hubo un minuto de debilidad en su corazón. No hubo ni un momento de debilidad en su carácter de cruzado de la libertad. Ante él rendimos un rico homenaje a nuestra admiración y nuestro agradecimiento como colombianos y demócratas.

Alberto Lleras Camargo, uno de los líderes de la lucha contra la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

Imagen:Archivo EL TIEMPO

Y junto a Lleras, hombro con hombro en la lucha, otra figura del país: GUILLERMO LEÓN VALENCIA, el candidato elegido por los dos grandes partidos colombianos como símbolo de su unión, como símbolo de su decidida determinación de luchar. Valencia ha honrado a su familia. El gran apellido colombiano, otorgado por la fama y la lealtad nacional, ha devuelto a esta destacada descendencia un nuevo brillo y una nueva calidad. Seguirá siendo el prisionero. En torno a vosotros continuaremos la lucha de la que hemos obtenido la primera victoria. Lo que nos espera ahora es la restauración de la democracia constitucional, como lo ha confirmado con meridiana claridad en el manifiesto de los partidos, al que debemos poner nuestros ojos y nuestra mente esta mañana, porque lo que allí se dice es el camino de la nueva Colombia: la restauración de la vida institucional republicana; gobiernos de coalición; consenso de las partes, pleno y sincero; restauración de la prensa y la libertad de expresión; el valor pleno de los derechos humanos y de unas elecciones sin violencia ni fraude, un pueblo tan unido como hoy, fijó en las urnas para el próximo período presidencial el nombre de Guillermo León Valencia, a quien el país acoge con agrado y será el primero en la lista de líderes nacionales -verdadera y auténticamente nacionales- que deben hacer una vez más de nuestro país una potencia moral en América; una república de libertades y derechos donde el sol de la dignidad nunca más se oscurecerá.

Para alcanzar estos objetivos, tan claramente expuestos en el manifiesto de los partidos al que queremos insistir en referirnos, es necesario mantener la esperanza. Se ha establecido una junta militar, pero esa junta militar debe saber que el movimiento surgido durante la dictadura de Rojas Pinilla no ha terminado ni terminará hasta que se garantice de manera certera, precisa y honesta el cumplimiento de los objetivos planteados en este famoso documento histórico. El pueblo está en las calles con este grito irreparable. Hay que celebrar la victoria, pero sin dejarnos llevar por la alegría de la final. La lucha debe continuar hasta que Colombia vuelva a ser la patria de todos y cada uno, y la libertad, la justicia y la paz –palabras de las que se burla el régimen derrocado– adquieran su jerarquía, contenido y precisión.

Gustavo Rojas Pinilla en compañía del Ministro Luis Morales Gómez.

Imagen:EL TIEMPO

Serenidad y esperanza. Fe en que los líderes de este movimiento invencible sabrán hacerlo victorioso y que el ejército, traicionado por un líder que los quería al servicio de sus intereses privados, sabrá ahora estar a la altura de su misión y contribuir, en alianza con los dos grandes partidos, a la reconstrucción democrática y moral de Colombia.

TIEMPO – 1957

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