La madrugada del 3 de enero de 2026, Caracas fue tratada como territorio conquistado: bombardeada, intervenida y despojada de soberanía. En una operación militar sin precedentes en América Latina, fuerzas especiales de Estados Unidos secuestraron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores. 

La operación está en curso. Casi son las dos de la madrugada y poco se escucha en los alrededores de Caracas. En los techos de las viviendas giran las aspas de los ventiladores que producen leves susurros y su tenue viento refresca la atmósfera de la cálida noche. La gente no sospecha que por encima de sus techos giran unas hélices sobre los rotores de varios helicópteros, que suenan parecidos a los ventiladores y producen zumbidos como un MH-60M Black Hawk, en cuyo interior van decenas de soldados; su vuelo es rasante a escasos 100 pies de altura, minimizando su detección por parte de los sistemas de defensa antiaérea. Mientras los millones de pobladores de la capital venezolana duermen, tal vez soñando con un país mejor para todos, en la placidez del sueño no alcanzan a imaginar que la «Operación Resolución Absoluta», diseñada por Estados Unidos en largos meses de espionaje y conspiración, está en desarrollo para secuestrar al presidente Nicolás Maduro Moros y su esposa Cilia Flores. 

Todo esto sucede como si de una película se tratara, permitiendo decir, como en tantas otras ocasiones, que la realidad supera la ficción. Hace unos años veíamos en el cine una acción desarrollada en Somalia en 1993 por parte del ejército estadounidense, con el cacareado y desgastado propósito de “liberar” al mundo de los opresores. En esa cinta inspirada en “hechos reales” sobre la Batalla de Mogadiscio, el comando especial alistado para “capturar un objetivo de alto valor” que fue delatado por un informante, realizó la operación con el apoyo aéreo de helicópteros Black Hawk, dos de los cuales fueron derribados por la guerrilla somalí, con un saldo, por demás, en medio de la operación de rescate, de 19 soldados estadounidenses muertos.

La película “La caída del Halcón Negro”, en cuyo reparto se cuentan, entre otros, a Orlando Bloom, Tom Hardy y Ewan McGregor, realza las capacidades de los militares estadounidenses y desmerita a su contraparte. ¿Podría ser de otra manera? Como película, que no es documental, se da sus aires de ficción, por lo cual, seguramente, no todo lo que narra sucedió tal cual, ni las escenas son transcripción fidedigna de lo ocurrido. En todo caso, entre realidad y ficción uno no alcanza a imaginarse, en la placidez del sillón de la sala de cine o de la casa, que algo similar podría suceder años después, en esta ocasión en nuestra región, en un país cercano al nuestro, y con un gran cúmulo de consecuencias que en todos sus aspectos aún están en desarrollo.

De nuevo la acción real. Es la madrugada del 3 de enero de 2026, y favorecidos por una noche sin luna, avanza la operación militar, la misma que involucró a más de 150 aeronaves (para darse una idea del potencial de armas involucradas en esta operación, solo hay que comparar: en el reciente bombardeo a Irán, EE.UU. desplegó 120 aviones y armas de largo alcance) muchas de ellas portadoras de tecnología de última generación, indispensable todo ello para llevar a cabo de manera efectiva su propósito letal. 

Entre Somalia y Venezuela hay miles de kilómetros, pese a lo cual los intereses de los Estados Unidos están presentes en ambos países. Y también su decisión de defenderlos a cualquier costo, en Somalia, ante una guerrilla en armas, y en Venezuela, ante un gobierno atornillado a sus decisiones e intereses de todo orden. Dos realidades bien diferentes, pero en ambos casos está presente “un objetivo de alto valor” que debe ser extraído. En el caso de Venezuela, secuestrado como prenda de garantía para presionar la negociación del carácter del régimen, el tipo de gobierno y el futuro del país.

Las tropas de élite estadounidenses, incluida la Fuerza Delta del Ejército, crearon una réplica exacta de la casa segura de Maduro y practicaron cómo ingresarían a la residencia fuertemente fortificada. Imagen de referencia: Comando Sur de Estados Unidos. 

¿Pesadilla o realidad?

La decisión de imponer su voluntad, y exhibir al mundo que su nueva “Estrategia nacional de seguridad” va más allá de las simples palabras, no dejó nada al azar, y por ello, como acción determinante para neutralizar la reacción del ejército venezolano crearon un corredor aéreo seguro, es decir, neutralizaron los radares y otros sistemas aéreos con los cuales los pudieran detectar y situar como objetivo por batir, para lo cual utilizaron aviones de guerra electrónica como los EA-18G Growlers, y otros instrumentos de guerra a cargo del Comando Cibernético del ejército invasor.

Una vez logrado esto, incursionaron por el espacio aéreo venezolano cazas F-35 y F-22, drones Reaper MQ-9, bombarderos B-1 y una docena de helicópteros Chinook y Black Hawk del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales. Ya en posición, dispararon de manera sincronizada misiles y bombas de alta precisión sobre objetivos estratégicos de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, como el Fuerte Tiuna, la Base Aérea La Carlota, el Cerro El Volcán, y neutralizaron en tierra las baterías antiaéreas Buk-M2E y los cazas Su-30MK2, principal vector de superioridad aérea venezolana, anulando plenamente sus capacidades defensivas. Como consecuencia de ello, se impuso la zozobra en el alto mando venezolano que, al perder sus ojos, no supo con precisión lo que estaba ocurriendo. De esta manera, años de preparación para contener al enemigo, no sirvieron para nada, o para casi nada, como tampoco lo fue su sistema defensivo compuesto por: “[…] lanzaderas de cohetes móviles, cuyos proyectiles, de 1.480 kilogramos de peso y 7 metros de longitud, pueden alcanzar aviones, helicópteros o misiles crucero a 150 kilómetros de distancia; el Buk-M2, un sistema similar de medio alcance, capaz de destruir blancos en el aire que se encuentren hasta 40 kilómetros de distancia; 5.000 misiles Pechora e Igla-S, ambos de corto alcance”, según aseguró Nicolás Maduro semanas atrás. Los Igla-S son portátiles y pueden ser disparados por un solo soldado y al ser guiados por infrarrojos, son capaces de derribar aviones, helicópteros y drones a baja altura. A todo lo anterior hay que sumar los radares de fabricación china y los drones iraníes.

Todo parece de película, pero no es así, es la realidad. Mientras el alto mando venezolano está sumido en la confusión e incomunicación total, la misión continúa, y en ella cada segundo cuenta. El comando especial de la Fuerza Delta con velocidad y precisión logra entrar al lugar donde descansa su pretendido “objetivo de alto valor” para secuestrarlo, pero no sin antes entrar en combate con el equipo de seguridad y protección del mismo, integrantes del Batallón de Honor Presidencial, en el cual se cuentan varias decenas de militares cubanos y venezolanos.

El combate es intenso: “Aquí nadie se entregó, aquí hubo combate”, dijo días después la presidenta interina Delcy Rodríguez. El parte oficial del gobierno cubano da la imagen de lo sucedido: 32 de sus militares muertos. De la parte venezolana algunos más. Como todo combate, a no ser que algunos militares hayan sido asesinados a sangre fría, debieron quedar heridos y otros sometidos luego de quedar impedidos por alguna razón: acabarse su munición, perder el arma, etc. Pero, cosa más que extraña, no hay reporte de heridos ni de personal militar desaparecido, es decir, pudieron haber sido llevados como rehenes por los invasores, como otras “prendas de garantía” para presionar la negociación, ampliada a intercambio de presos –espías capturados en Cuba o en Venezuela–. Extraño también que los atacantes no reporten bajas. Mucho más extraño cuando enfrentaron personal armado altamente calificado. ¿Responderá esto a manipulación informativa o la sorpresa y superioridad en el combate fue tal que no dio tiempo a resistir de manera efectiva?

La información entregada hasta ahora indica que el accionar de las aeronaves, las bombas y misiles disparados, la infiltración de tropas en la casa donde pernoctaba Nicolás Maduro y su esposa, arroja 100 muertos, y la destrucción de varias instalaciones militares, así como de edificios de otras entidades oficiales. Entre la población residente en los alrededores de algunas de estas instalaciones, los heridos y muertos son varios. Sin embargo, pese a los detalles conocidos hasta ahora sobre lo ocurrido, aún prima el hermetismo, lo cual da paso a la especulación. En medio de todo ello se filtra que una aeronave Chinook fue alcanzada por fuego defensivo y su piloto herido, debiendo el copiloto aterrizar en medio de ráfagas disparadas desde tierra, recordando esto la mencionada película bélica en donde la operación en Mogadiscio cambió de un secuestro a una operación de rescate.

Es una realidad de silencios y palabras contenidas aprovechada por los atacantes: “Esta misión fue planeada meticulosamente afilando lecciones acumuladas durante décadas”, dijo pocas horas después de finalizada la operación en rueda de prensa el general Dan Caine, Jefe del Estado Mayor Conjunto.

Un imperio en acción por sus fueros

Con lo realizado en Venezuela, antecedido de los varios ataques lanzados contra supuestas “narcolanchas”, así como la incautación de barcos que transportan petróleo y son parte de una extraña “flota fantasma”, deja en claro el poder estadounidense su decisión de impedir el final de su era imperial. Lo hacen de manera abierta, negando el derecho internacional, borrando aquello que queda de soberanía, riéndose de los derechos humanos, por lo cual no podían permitirse que se repitieran errores militares como los vividos en Somalia, Irak, Afganistán y demás países que han pasado por su “lanza liberadora”. 

Para que así fuera, se tomaron todo el tiempo requerido. En meses de labor, los agentes de la CIA, NSA y NGA perfilaron los movimientos de Maduro conociendo hasta el nombre de sus mascotas, rutinas, viajes y lugares más frecuentados. Según el combate llevado a cabo en su residencia de descanso, también habían identificado con toda precisión, las garitas y puntos de control de su “guardia de honor”. Queda en el aire la inquietud si los 50 millones de dólares ofrecidos por su captura también fueron parte sustancial del logro alcanzado por los atacantes. Si así fuera, habrá que esperar el correr de los días para que se cumpla lo dicho por Nicolás Maduro Guerra, hijo del secuestrado mandatario: “La historia dirá quiénes fueron los traidores”. 

Un despertar de pesadilla

Así despertó parte del mundo en la mañana del 3 enero del año 26 de este siglo, un despertar en el cual mucha gente no sabía cómo apagar la realidad para volver a su cotidiana ficción, y no escuchar la intimidante advertencia de un imperio en declive dispuesto a retomar por la fuerza su plataforma latinoamericana y apoderarse de sus recursos naturales, al tiempo que impedir la presencia en ella de otros imperios y potencias, como China y Rusia. En una rueda de prensa, de esa misma mañana, las cartas fueron mostradas y la excusa de la lucha contra el “narcoterrorismo” fue desmentida revelando los verdaderos objetivos de la operación: “Vamos a ganar mucho dinero, vamos a vender grandes cantidades de petróleo a otros países” dijo el propio jefe de Estado del país de las 50 estrellas.

Atónitos millones de ojos detrás de las pantallas vieron y escucharon este discurso del terror con su preludio de disparos y bombas que solo conocían en las películas bélicas y videojuegos, la ficción saltó a la realidad y el miedo llegó. El mensaje es claro “gringo que ladra sí muerde” o “se someten por las buenas o por las balas”. Los límites ya no los pone el pisoteado derecho internacional sino la propia moral de un autoproclamado sheriff del mundo. 

Ahora estamos ante las consecuencias de un accionar que trastoca la realidad global. Ahora Rusia, China o cualquier otro país que se sienta en capacidad de llevar a cabo una acción letal que va más allá de sus fronteras no tendrá que dar explicaciones de su proceder. Así lo reflexionó Álvaro García Linera, al procesar estos hechos y proyectar el futuro inmediato al que nos acercamos: “Los Estados del mundo se diferenciarán entre Estados patrones y Estados vasallos, según su capacidad infraestructural, su poderío económico, su cohesión política y logística militar. Los primeros, delimitando áreas de control y autonomía de las empresas que tienen residencia en sus territorios. Los segundos como proveedores de insumos y exclusividad hacia los primeros”. 

Entre ficción y realidad, mientras se cimienta el nuevo orden internacional, Hollywood ya cuenta con los elementos básicos para su próxima película bélica basada en la «Operación Resolución Absoluta», en la que, de nuevo, ellos serán “los salvadores del mundo”. En ella, en sus primeras escenas, la cámara enfoca el movimiento de un ventilador en el techo de una vivienda, en el cuadro siguiente la imagen se aproxima y se disuelven las aspas para convertirse en unas hélices de un helicóptero que vuela sobre Caracas…¿Será fiel a la realidad o fiel al discurso estadounidense maquillado para el espectáculo hollywoodense? Sea cual sea, el reto está sobre los hombros de todos los que habitamos esta parte del mundo: ¿Quedaremos sometidos de nuevo a ser colonias o habrá voluntad colectiva para impedirlo?

 

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