Había líneas rojas institucionales y políticas que no se podían cruzar. Ahora no sólo se pueden traspasar, sino que se destruyen progresivamente.
En el entorno teórico-ideológico de la extrema derecha global, que por ahora tiene a Donald Trump como un referente clave, lo que puede suceder desafía los límites de la imaginación política.
Basta leer las construcciones narrativas que acompañan al trumpismo, a sus tecnoteóricos, para constatar que no se trata de diseñar un partido de derecha, sino de organizar un dispositivo internacional que represente una máquina de guerra contra todos los valores relacionados con la débil justicia social.
Lo que propone la extrema derecha global es la destrucción de todo lo anterior hasta lograr un nuevo estado de excepción, un cambio radical que intente un comienzo absoluto, cuyo objetivo último es la abolición de la experiencia política.
Se trata de construir un partido fuerte que controle el país más allá de las leyes democráticas y que convierta al ciudadano en usuario de la plataforma y en sujeto de Neocar desinteresado de la política.
El neo-emperador no es sólo un jefe de Estado que salió del proceso electoral, o mejor dicho, nació así, sino que toda la construcción de su agenda tiene una de las funciones de borrar ese hecho.
El neoemperador decide el estado de emergencia y, por tanto, la guerra. Su función estratégica es producir una situación “aceleradora” en la que el capitalismo se separe de la democracia, lo que constituye un obstáculo real para la nueva producción de riqueza tecnológica.
Por esta razón, el proyecto de la extrema derecha global necesita producir un giro radical, una nueva fase civilizatoria en la que las respuestas populares, las manifestaciones y las contradicciones sociales no sean relevantes para la instalación de un nuevo sistema.
Según las lecturas de la extrema derecha global, que cree que está ganando la batalla ideológica, los diversos modos de malestar social son irrelevantes, en contraste con la larga tradición que transmitía la idea de que la acumulación de tal malestar implicaba un cambio de régimen.
Su problema fundamental, envuelto en una compleja red de alianzas y enfrentamientos, es una guerra mundial que hace tiempo que comenzó y que muestra cada día sus consecuencias más agudas.
En esta fantasía de extrema derecha se intenta borrar diversos ecos de las revoluciones rusa, china y latinoamericana, y esto sólo puede lograrse mediante un cambio de civilización.
No es coincidencia que los neoemperadores no estén poblados de inhibiciones neuróticas sino de delirios megalómanos y prácticas psicopáticas. A estas alturas, no se trata – como se suele afirmar – de que sean “ingenieros del caos”, sino de que estas estructuras subjetivas son perfectamente compatibles con el desarrollo de un gran plan.
El acelecionismo de extrema derecha sueña con borrar lo más valioso de la historia de la humanidad y dejar como precursora, cada vez menos oculta, una referencia histórica a un nacionalsocialismo reinventado.
Finalmente, lo desarrollado aquí intenta señalar que esta operación extremadamente ambiciosa de la extrema derecha internacional es diferente de la habitual derecha neoliberal que ha mantenido un velo institucional.
Ante nosotros tenemos un proyecto absolutamente radical en el que debemos considerar qué formas de resistencia y dislocación serán posibles frente a este nuevo tipo de dominación que conlleva una nueva crueldad.
31 de enero de 2026