La destitución del general Zhang Youxia condensa una crisis profunda: dudas crecientes sobre la preparación real de China para una guerra de alta intensidad, dificultades de movilización social de una población afectada por dificultades económicas y, más en general, el movimiento bonapartista que actualmente atraviesa las dos grandes superpotencias, China y Estados Unidos, en un contexto de creciente marginación.
Martes, 3 de febrero. La destitución del general Zhang Youxia – figura central del Ejército Popular de Liberación (EPL), miembro del Politburó y antiguo compañero londinense de Xi Jinping – no puede leerse como un episodio más de la rutinaria campaña anticorrupción del Partido Comunista Chino. Por el contrario, condensa una crisis más profunda: dudas crecientes sobre la verdadera preparación de China para una guerra de alta intensidad, dificultades para movilizar socialmente a una población afectada por dificultades económicas y, en términos más generales, el giro bonapartista –tan autoritario como frágil– que hoy atraviesan las dos grandes superpotencias, en China y en el contexto de creciente marginación de Estados Unidos.
Beijing: purgas, miedo y preparativos fallidos para la guerra
El primer significado político de la purga es militar. Durante más de una década, Xi Jinping se ha comprometido a acelerar la modernización del Ejército Popular de Liberación como apoyo material a su proyecto de “rejuvenecimiento nacional” y como parte clave para permitir que China resuelva el “expediente de Taiwán” a su favor y se reposicione frente a Estados Unidos en el Indo-Pacífico. Zhang Youxia fue uno de los arquitectos de ese proceso: supervisó el sistema de equipamiento, apoyó la expansión de la fuerza de misiles y encarnó la continuidad de la aristocracia militar “revolucionaria”.
Sin embargo, investigaciones recientes han revelado una realidad inquietante: capacidades de combate infladas, corrupción sistémica y fallas técnicas grotescas (desde misiles con tanques llenos de agua hasta silos inutilizables) que han puesto en duda la efectividad real del arsenal de China. Más gravemente, la caída anterior del ministro de Defensa, Li Shangfu, reveló vulnerabilidades de contrainteligencia que sugieren una profunda penetración estadounidense en el EPL. En 2024, el general He Weidong, segundo vicepresidente de la Comisión Militar Central, que también dimitió posteriormente, pidió medidas drásticas contra las “falsas capacidades de combate” en el ejército, al darse cuenta de lo que señalábamos. O también puede referirse a maniobras “falsas” que no cumplen con los estándares requeridos, como los “ejercicios nocturnos” realizados al anochecer. Además, aunque China ha realizado importantes mejoras en el ámbito naval (véase el lanzamiento de un tercer portaaviones, el Fujian) y ahora supera a Estados Unidos en unidades en el mar, el hundimiento ese mismo año de un submarino nuclear aún no en servicio no fue una señal alentadora de la calidad de la tecnología de que dispone Beijing. Para Xi, obsesionado con el lema de “luchar y ganar guerras”, la conclusión fue brutal: el ejército que debería haber sido el instrumento decisivo de su proyecto histórico corría el riesgo de convertirse en un “dragón de papel”, impresionante en los desfiles pero poco fiable en el campo de batalla.
En otras palabras, las fallas documentadas de los equipos navales y aéreos, la historia de accidentes graves en la flota submarina y la mayor detectabilidad acústica de sus unidades submarinas revelan una brecha estructural entre la innovación proclamada y la capacidad efectiva en un conflicto prolongado. A esto se suma una cadena de mando altamente politizada y una cultura organizacional que no ha sido puesta a prueba bajo presión real en tiempos de guerra, factores que limitan la autonomía táctica y la adaptabilidad en el combate. Más que una potencia militar plenamente madura, el poder armado de China aparece hoy como un elemento disuasorio en una expansión acelerada, pero aún frágil cuando se lo mide según los criterios clásicos de operatividad, confiabilidad y resistencia estratégica.
En este contexto, la purga de Zhang, si bien es una muestra de la autoridad interna de Xi, es por lo tanto una admisión indirecta de debilidad. Lejos de presagiar una aventura militar inminente, como se apresuran a señalar varios analistas basándose en el mayor control político del nuevo “Gran Timonel”, indica que Beijing duda de su propia capacidad para sostener una guerra real, y mucho menos un conflicto prolongado contra Estados Unidos y sus aliados regionales.
Estado de ánimo social para la guerra en cuestión
A esta fragilidad militar se suma una contradicción aún más profunda: la ausencia de una base social preparada para soportar una guerra prolongada. El contexto interno es radicalmente diferente al de décadas anteriores. El capitalismo chino atraviesa una fase de agotamiento estructural. El débil crecimiento para sus propias necesidades, una crisis inmobiliaria, un desempleo juvenil masivo y un colapso demográfico están erosionando (con tasas de natalidad históricamente bajas) el contrato social implícito que el PCC ha ofrecido durante décadas: prosperidad a cambio de obediencia.
La juventud urbana, atrapada entre la inseguridad y la falta de horizontes, expresa una desilusión radical sintetizada en el lema “somos la última generación”. En estas condiciones, reclamar bajas en nombre de una guerra imperial en el Pacífico es políticamente explosivo. Xi lo sabe. Por eso su prioridad inmediata no es lanzar una ofensiva externa, sino cerrar filas internamente, aplastar cualquier autonomía del aparato militar y bloquear cualquier posibilidad de articular tensiones sociales mediante divisiones en la cúpula del Estado.
Bonapartismo chino: concentración de poder y miedo al vacío
Desde una perspectiva histórica, el giro de Xi puede caracterizarse como una forma de bonapartismo tardío: una concentración extrema de poder en una sola figura que se eleva por encima de las facciones, administra purgas y arbitra entre intereses en conflicto, pero lo hace sobre una base social cada vez más erosionada. La decapitación de la Comisión Militar Central (reducida efectivamente a Xi y un oficial disciplinario) expresa tanto fortaleza como debilidad. Fuerza, porque ningún otro actor puede desafiar abiertamente al líder; debilidad, porque esa autoridad se mantiene por el miedo, no por una legitimidad social renovada o instituciones sólidas. La debilidad se ha agravado con Xi, que no disfruta de la “huella histórica” de los líderes de la generación revolucionaria (especialmente Mao, pero también Deng), que se siente constantemente cuestionado porque aún no ha marcado el legado. La obsesión por la lealtad absoluta revela un miedo duradero a las conspiraciones, deserciones o ataques preventivos, un miedo arraigado en la historia del propio régimen. El poder se concentra cuando el régimen se da cuenta de que ya no puede depender de la economía ni del consenso social.
American Mirror: Trump y el bonapartismo en crisis
Esta tendencia no es exclusiva de China. Estados Unidos, en su propia crisis de hegemonía, muestra rasgos similares. El trumpismo encarna un giro bonapartista dentro de una democracia burguesa en descomposición: la personalización del poder, un llamamiento directo a una base social reaccionaria y el uso de un aparato represivo –particularmente contra los inmigrantes– como mecanismo para recomponer la autoridad.
Sin embargo, a diferencia de China, el bonapartismo estadounidense es estructuralmente más débil. La retirada parcial de Donald Trump tras la respuesta de la comunidad y la clase trabajadora en Minneapolis a sus políticas de inmigración ilustra claramente esto. Una movilización social sin precedentes, el peso de diversos actores de la sociedad civil, como las iglesias, y las contradicciones internas del aparato estatal impusieron límites concretos a su ofensiva autoritaria. Mientras que Xi puede purgar generales y cerrar filas sin mediación, Trump enfrenta una resistencia que lo obliga a recalibrarse, retirarse o negociar, o incluso si pierde las elecciones de mitad de período, no se puede descartar un juicio político.
Dos superpotencias, el mismo callejón estrecho
La rivalidad entre China y Estados Unidos no expresa el surgimiento de dos proyectos históricos confiados, sino el choque de dos potencias atrapadas en un sistema internacional en colapso. El chantaje, la presión y los compromisos parciales están reemplazando las grandes estrategias de expansión del pasado. En este contexto, la guerra abierta parece más una amenaza permanente que una opción racional inmediata en este momento, aunque claramente no está exenta de peligrosos defectos.
La purga de Zhang Youxia, lejos de anunciar la guerra ilimitada de China, revela un poder atrapado entre ambiciones imperiales y limitaciones materiales, sociales y políticas cada vez más severas. Y, al mismo tiempo, refleja una tendencia más general: recurrir al bonapartismo como respuesta urgente a la crisis del orden mundial, un recurso que puede concentrar el poder en el corto plazo, pero que por eso mismo expone la profunda fragilidad de los regímenes que lo encarnan.
En Beijing, como en Washington, la autoridad se está endureciendo a medida que el terreno bajo sus pies se vuelve inestable. Para los trabajadores y los jóvenes, la conclusión es decisiva: ni el autoritarismo chino ni la reacción imperialista estadounidense ofrecen una solución progresista. Ambos prepararon el escenario para más represión y más tensión internacional. Frente a esto, sólo una intervención independiente desde abajo -social, sindical e internacionalista- puede romper la lógica de la guerra y del bonapartismo que las potencias imponen como única salida a su impasse.