





Laurence Debray recibió una llamada en su teléfono. Eran días de pandemia y ella estaba en París, su ciudad natal. Al otro lado de la línea la saludó un personaje que, aunque no esperaba oír, ya conocía muy bien: Juan Carlos I de España, el hombre que reinó en su país desde 1975 hasta 2014. Laurence —hija del reconocido filósofo Régis Debray y de la antropóloga Elizabeth Burgos, quienes en los años sesenta participaron en la causa revolucionaria de Fidel Castro y el Che Guevara— se había interesado desde muy joven por la figura del rey.
Durante su adolescencia, con la idea de oponerse a lo que sus padres habían defendido (de hecho escribió un libro poderoso sobre sus vidas, que tituló Hija de revolucionarios), tuvo en su habitación un afiche del monarca español, como si se tratara de una estrella de rock. Años después —en el cierre de sus estudios de Historia en la Sorbona—, decidió hacer su tesis sobre la Transición, el proceso que llevó a España hacia la democracia y en el que el rey Juan Carlos fue gran protagonista. Esa tesis se convirtió en libro, al que luego le sumó una biografía y un documental sobre el monarca.
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Tras ese recorrido, cuando atendió la llamada, Laurence sabía muy bien quién era el rey. Y él, quién era ella. Durante la charla la invitó a Abu Dabi, donde vive en una suerte de autoexilio desde 2020. Quería hacerle una propuesta. Laurence aceptó y al llegar supo de qué se trataba: Juan Carlos I le pidió que le ayudara a escribir sus memorias. “Al principio no acepté —cuenta Debray, que vino esta semana a Bogotá—. Le dije: yo escribo mis propios libros, y es muy difícil ser un ghostwriter, sobre todo de un rey”. Él le insistió, le dijo que probaran sin ningún compromiso. Terminaron trabajando juntos durante dos años —ella se trasladó a Abu Dabi con su familia— y el resultado es Reconciliación, la vida del rey que hoy tiene 88 años.
Portada del libro ‘Reconciliación’. Foto:Planeta
Hay un aire de nostalgia que recorre el libro. El rey habla de que se siente solo, de que nunca ha sido dueño de su destino, lamenta que haya miembros de su familia a quienes él “ya no les importa”…
No sé si es nostalgia, porque él no es una persona triste. Tiene una gran fuerza moral y aguanta lo que le caiga encima. No se queja, aunque sí se siente aislado. Se quedó muy solo. Pero toma lo que hay. Él dice que es un camaleón, se adapta a todo. Aunque, claro, siente dolor por estar lejos de su patria y de su familia. Lo acepta por la Corona.
Lo de adaptarse y aceptar todo como venga es un rasgo que lo acompaña desde niño, según lo que cuenta de su infancia…
Es la soledad de un niño que a los 10 años es enviado por sus padres a España —ellos vivían en Estoril, Portugal—, y que ya es como un peón que utilizan entre Franco y su padre. Su destino ha estado siempre al servicio de la monarquía. Es la única persona que conozco que no tiene libertad. Le dio libertad al pueblo español, pero para él mismo no la tuvo. Nunca decidió lo que quería hacer, todo fue impuesto por las circunstancias, por la Corona, por el bien de su país. Hoy vive lejos para no molestar a su hijo, no sabe cuándo puede regresar a España, le imponen condiciones. Ha vivido sometido.
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A pesar de que su padre, Juan de Borbón, no soportaba a Francisco Franco, lo mandó a vivir con él para que se educara en España. En el libro el rey se pregunta si en algún momento surgió entre ellos una relación filial. No lo tiene claro. ¿Cómo ve ese vínculo que se creó entre Juan Carlos I y el dictador?
Él no está seguro, sí. Además, eran dos militares, es decir, había cierta distancia emocional. Pero hay un inmenso respeto del rey hacia Franco. Porque, como dice, fue rey gracias a él. Aprendió mucho de Franco. A uno puede no gustarle ese personaje —lo entiendo, porque eso me pasa a mí—, pero no hay que olvidar que se quedó más treinta años en el poder. Debió ser muy astuto. Algo que me sorprendió, y que descubrí hablando con el rey, fue el hecho de que Franco sabía que iba a haber una apertura en el país, y que el rey iba actuar de manera más liberal.
Francisco Franco Foto:@FNFFranco / X
De hecho, antes de que Franco muriera, se arriesgó a buscar un acuerdo con el líder de izquierda Santiago Carrillo. Le envió un mensaje diciéndole que confiara en él, que al ser rey legalizaría el Partido Comunista y que mientras tanto “tuviera paciencia”…
Hicieron ese acuerdo secreto. El rey llegó al poder en 1975 y a los militares les llamaba la atención que el Partido Comunista estuviera tan tranquilo. El rey se volvió amigo de Carrillo. Tuvieron una verdadera relación. Cuando murió, fue el primero en ir a la casa para darle el pésame a su familia. Después fue amigo de los socialistas. En realidad, él supo llevarse muy bien con la oposición de izquierda, casi mejor que con los franquistas, que le hicieron un golpe de Estado. Imagínate la fuerza mental necesaria para decirles: bueno, ustedes me educaron, a mí me nombró Franco, pero yo voy a contactar al Partido Comunista y nos vamos a llevar todos muy bien en beneficio del país y para establecer la democracia. Una actitud muy valiente.
Él dice que, tras la muerte de Franco, buscó reformar el país sin que eso implicara una ruptura. ¿De ahí viene el título del libro, Reconciliación?
Así es. Sé que ahora todo tiene que ser blanco o negro, bueno o malo, pero las complejidades son las que dan espesor al personaje. Eso fue lo que quisimos desarrollar en el libro. Hoy en día, en España, dicen que la democracia era inevitable. Pero no. No fue algo que llegó tan fácil. Por eso su testimonio es tan valioso.
Hoy en día, en España, dicen que la democracia era inevitable. Pero no. No fue algo que llegó tan fácil. Por eso su testimonio es tan valioso
Hace pocas semanas se desclasificaron los archivos del intento de golpe de Estado del 23F, en el 81. ¿Cree que lo que revelan coincide con lo que el rey narra sobre su papel durante ese episodio?
Totalmente. Desde el primer instante, el rey no dudó en parar el golpe. Lo dice en el libro y lo muestran los archivos. Además, no fue un golpe “de opereta”, como algunos piensan. Fue un intento de verdad. Los tanques ya estaban acercándose a Madrid. Era un periodo muy convulso, de crisis, inestabilidad. Todo el mundo andaba conspirando.
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El libro tiene un capítulo titulado ‘El drama’, en el que habla de la muerte de Alfonso, su hermano menor, cuando tenía 14 años. Los dos estaban en una habitación jugando con una pistola y, según dice el rey, “un disparo saltó por los aires”, lo hirió en la frente y lo mató. ¿Le costó revivir ese momento?
Había que hablar de eso. Había que hablar de lo bueno, de lo malo, de lo doloroso. Es un tema que lo pone triste, sí. Es humano, y quién no tendría un dolor muy grande si viviera algo así. Creo que a partir de ese momento él comenzó a sentirse más solo.
El rey Juan Carlos trabajando en su autobiografía de la mano de Laurence Debray. Foto:Cortesía Laurence Debray
A la reina Letizia, esposa de su hijo Felipe, la describe como alguien que no ha ayudado a unir a la familia. De hecho, dice que lo separó de sus nietas. Es evidente que hay tensión entre ellos…
Se refiere muy poco a ella. Apenas un par de líneas. Es un libro sobre su vida, su historia, desde su nacimiento hasta hoy. Letizia ocupa unos pocos años. A mí, la verdad, nunca me interesó el tema como para haber profundizado más.
En esa línea de vida, queda claro que el 2012 fue el año en el que comenzó su declive como rey, con el viaje que hizo a Botsuana a cazar elefantes…
Desde luego. El rey viajó porque un amigo saudí —que sabía que a él le gustaba la cacería— lo invitó. Su idea era pasar unos días tranquilos, aislados, lejos de todo. Pero mientras estaba allá sufrió una caída y casi se muere. Le dio una hemorragia interna, tuvo que regresar de emergencia a España y lo operaron. A partir de ese momento quedó con problemas de movilidad. Y todo fue como una bola de nieve.
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Lo primero que le criticaron era que se fuera a matar animales…
Sobre todo en medio de una crisis económica en su país. Pero en ese tiempo se cazaba mucho en África. Era normal. Todas las familias reales hacían eso desde siglos atrás. Hay que entender que el rey nació antes de la Segunda Guerra Mundial y, al final, el mundo cambió muy rápido, los valores cambiaron. Quizás él no lo supo entender.
Hay que entender que el rey nació antes de la Segunda Guerra Mundial y, al final, el mundo cambió muy rápido, los valores cambiaron. Quizás él no lo supo entender
Porque, además, con esa bola de nieve vino el escándalo de su amante. Se supo que había viajado a África con una mujer, Corinna Larsen. En el libro habla de “una antigua relación”, sin nombre propio. ¿Por qué decidieron eso?
No sabíamos cómo tratar el tema. Corinna es una persona famosa en España, pero nadie la conoce en Francia, por ejemplo, y este es un libro que va a estar publicado en el mundo entero. Sería darle importancia a alguien que no es un personaje histórico. Para mí, el nombre de ella es un detalle. No es un detalle el hecho de que el rey haya cometido esos errores, que los reconociera sí era importante. Pero si era fulanita o no sé quién no era relevante. La intención con este libro es dirigirlo a la posteridad, a las nuevas generaciones.
¿Él está arrepentido de algo?
No sé si arrepentido. Pero sí reconoce sus errores.
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Era un rey muy querido en su país. Muchos decían que no eran monárquicos, pero sí “juancarlistas”. Eso cambió cuando todo se le vino encima y, como él dice, “se dieron cuenta de que había un hombre detrás del rey”…
Lo tenían muy santificado. Si subes mucho, la caída es brutal. Pero fue algo que terminó beneficiando a su hijo. Porque los ‘juancarlistas’, ante la decepción, acrecentaron la figura de Felipe. Eso facilitó su llegada como rey. Juan Carlos I no se agarró al poder. Se lo dio a su hijo, y los españoles comenzaron a ver a Felipe como el inicio de una nueva era.
Según el periodista Jaime Peñafiel, la relación entre Felipe y su padre es inexistente Foto:Paco Campos. EFE
Abdicó en 2014 y se fue en 2020 a Abu Dabi, cuando la situación llegó al límite. Porque, además, explotó el escándalo del dinero que recibió del entonces rey de Arabia Saudí, cien millones de dólares que terminaron en cuentas de Suiza. ¿Qué necesidad tenía, como rey emérito, de meterse en ese lío?
Por su falta de seguridad financiera. La familia real española es la única que no posee ninguna propiedad privada. Él tuvo esa angustia desde la infancia. Además, no era dinero para él. Pensó en sus hijas, sus nietos, su mujer. Aunque dice que era un regalo muy difícil de rechazar, reconoció que fue un error.
Desde ese momento, la relación con su hijo se enfrió todavía más. No volvieron a hablar, no los visita. Se podría pensar que lo hace por la Corona. ¿Usted entiende la posición del rey Felipe?
Lo entiendo perfectamente. Es el rey. Y no creo que sea fácil para él. En el libro está la versión del padre, pero el hijo no puede hablar. No puede decir: ‘Oye, también es duro para mí’. Me da pena porque en esas familias no hablan. El rey es el rey y se tiene que callar, aguantar. Claro, podría llamar más a su padre, podría acercarse más físicamente. Como hijo, podría hacer muchas cosas. Pero cuando tienes la Corona encima te autolimitas. Es una cuestión de sobrevivencia. No estamos ante la Corona británica, que puede soportar el caso de Epstein y Andrés porque tiene una fuerza histórica e institucional de varios siglos. La de España es una monarquía de cincuenta años, mucho más frágil.
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¿Tampoco existe comunicación con su esposa, la reina Sofía?
Con ella hay un poco más. No ha ido a visitarlo, para no molestar a su hijo, para no crear escándalos. Me parece que todos en esta historia, para soportar la tormenta, prefieren un perfil bajo.
El rey Felipe VI y la reina Sofía. Foto:Reuters
Con la apertura de los archivos del 23F, hubo políticos, como Núñez Feijóo, que pidieron que el rey volviera a España. Pero la casa real no parece muy interesada en eso.
Ni el Gobierno. Su regreso ya es muy difícil. Dejaron pasar el tiempo y se convirtió en un problema que nadie sabe manejar, y que va a ser aún mayor cuando el rey se muera en Abu Dabi. No hay estrategia a largo plazo. Nadie sabe qué hacer.
Lo único que dijo la casa real fue: si vuelve, que antes ponga en orden su residencia fiscal en España…
Él ya pagó lo que debía. Para mí es raro que todo se reduzca a un tema de cifras. Él fue el padre de la Constitución española y, al final, solo hablan de contabilidad. No hay ningún gesto de generosidad, de decir, bueno, cometió errores, pero ya los reconoció y vamos a abrirle los brazos para que esté en su casa los últimos años de su vida. Es normal que quieras acabar en tu hogar, ¿no? Pero hay una cosa como de inquisición que me sorprende. Y se volvió un tema que no han logrado solucionar con elegancia.
María Paulina Ortiz
Especial para EL TIEMPO