





Cuando son mayorcitos
se visten de turistas,
y andan por el mundo
los americanos.
Hace un mes dos jóvenes norteamericanos aparecieron en las oficinas de Ajuride en Bogotá para tramitar la solicitud de visa de inmigrantes. Le explicaron al socio-gerente, Jaime N. Reyes R., que querían legalizar la compra de una finquita cerca del parque arqueológico, en San Agustín.
“Nosotros estamos en Colombia con fines serios”, contaban Donald Foster, 27 años, y Ken Walters, 28. “Y queremos legitimar nuestra posición aquí para que los colombianos nos diferencien de los gringos transeúntes”.
Esta rara criatura —el verdadero inmigrante de USA— siente una especie de decepción cuando la gente no sabe distinguirlo de su paisano el gringo pasajero. Ni el cantante argentino Piero, aparentemente, tuvo cupo para el inmigrante en su canción “Los Americanos”, la cual se aprecia en círculos gringos con sonrisas a veces apenadas, como una caricatura divertida pero del gringo en tránsito y no del fenómeno bastante distinto, el del inmigrante gringo, de esa alma inquieta que ha salido de USA tal vez en forma permanente, casi siempre en busca de una vida mejor de la que, por cualquier razón, llevaba en el norte, y por eso HA ESCOGIDO a Colombia como nuevo hogar.
Quinn dice que la ilustración muestra la diversidad cultura del migrante que llega a Colombia.
Foto:
“Pero no es fácil para ellos”, explicaba Jaime N. Reyes R., cuya oficina se especializa en ayudarles a legalizar su estado en Colombia. “Por la fama reciente del gringo con afición a la ‘yerba’, el gobierno naturalmente recibe con cierta resistencia solicitudes de ellos para residencia permanente. Pero la verdad es que muchos vienen para vincularse al campo colombiano con intenciones sanas y fines hasta nobles”.
En muchos casos este inmigrante, así enfrentado a un problema de identificación en su nueva cultura, tiene que vencer los estereotipos basados en el gringo transeúnte, es decir, el turista (sea hippy o común), diplomáticos, militares, petroleros, mineros, o los demás negociantes. Estos inmigrantes a Macondo dirían tal vez que se parecen más a los gitanos de Melquíades que a los gringotes de la Banana Company.
Ellos nacen ancianos
y van enniñeciendo
a través de la vida.
Los americanos.
También es cierto que se encuentran en Colombia, a partir de 1970, un número visiblemente más nutrido de jóvenes norteamericanos. Aunque la mayoría de ellos son turistas o aventureros en tránsito, los otros quizás representan una vanguardia de la primera ola de inmigración desde USA hacia Colombia en toda la historia de este país.
Muchos de estos son “peregrinos de fantasía” o “buscadores de la Nueva Edad”. Los peregrinos vienen a los Andes y al todavía prístino río Amazonas explorando sitios, en libre interpretación simple y mágica como durante la niñez. Buscan, por ejemplo, a Paitití, una ciudad de leyenda en donde supuestamente unos incas se refugiaron con todos los secretos de su civilización. Otros persiguen un quimérico “Valle de la Luna Azul”, mítico escondite andino al estilo del ficticio valle del Himalaya, Shangrilah, también producto de la literatura británica, en donde viven en paz perfecta unos seres altamente evolucionados, según el cuento.
Algunos buscan en Suramérica un Edén físico que se parece a otro Edén psicológico —el estado de integridad existencial en que estamos antes del trauma del nacimiento y tal vez nuevamente después de la muerte—. Otros, también místicos pero más reservados, están simplemente contentos de encontrar su “sitio lindo para pasar el Apocalipsis”. Todos convencidos de que en esta parte de Latinoamérica se está desenvolviendo una revolución espiritual con tendencias gnósticas y, hasta ahora, apenas incipiente y amorfa. De esta revolución, dicen, se generará la Nueva Edad.
Hay otros inmigrantes jóvenes no tan imbuidos por la fantasmagoría. Estos vienen a vivir en Colombia porque piensan que el país todavía no está tan dañado por los venenos de la tecnología y el resto de la llamada “vida moderna”. Algunos de ellos quieren sencillamente volver a los valores de la tierra. Otros se acercan a los “valores humanos” de las ciudades latinas.
En todo caso, no es difícil entender que tal misticismo representa la reacción de muchos jóvenes norteamericanos contra el mundo tan estrechamente materialista en donde nacieron, y que el creciente éxodo de muchachos del Norte puede significar, como diría el historiador Toynbee, cierto grado de decadencia de la sociedad que están abandonando.
Con típicos atuendos
se mezclan con la gente,
y nadie se da cuenta
que son americanos.
En la ilustración, otra representación del inmigrante gringo, en busca de una nueva vida en Colombia.
Foto:
Claro que en el fondo un “americano” no puede dejar de ser “americano”, aun en otras culturas. Por ejemplo, conozco a muchos que, a pesar de esfuerzos por aculturarse, no dejan de leer semanalmente la revista Time y mastican con afán este periodismo plástico como chicle de múltiples sabores, mientras almuerzan con sancocho y arepa. Igualmente, es difícil para ellos resistir a tentaciones como helados, cine hollywoodesco, chocolate Hershey de contrabando o a la compulsión yanqui de “organizarse”. Sin embargo, el inmigrante gringo se va colombianizando relativamente pronto.
Pero nadie niega que, con todas estas buenas intenciones y a pesar de que piensa y vive distinto a los demás anglo-norteños, el gringo inmigrante constituye un agente, aunque inconsciente, de la “yanquificación” de una cultura que aún es colombiana. Y si es verdad, como dice el refrán, que “un gringo latinizado es un diablo encarnizado”, llegará el día en que servirán “hamburgers and malts” en la fonda antioqueña del infierno mismo.
Entonces, como el inmigrante gringo es usualmente más individualista que el gringo residente en los Estados Unidos, yo encuentro difícil generalizar demasiado sobre él. Por eso he seleccionado doce tipos entre quienes francamente hay ejemplos extremos del inmigrante gringo. Estos bosquejos míos, como las caricaturas de Piero, no deben ser tomados como retratos completos. En este sentido no he querido presentarlos como gringos típicos (no lo son en mi opinión), ni como inmigrantes típicos, sino insinuar la variedad del nuevo fenómeno, describiendo así los viejos estereotipos del “típico gringo en Colombia” y distinguiéndolos claramente de los turistas.
“Damien”. Hace cinco años, a la edad de 17, en su penúltimo año de colegio, Damién se escapó de una vida cómoda en California para unirse a un familiar que residía temporalmente en Colombia. Abandonó su vida en USA por dos razones: para evitar un reclutamiento eventual hacia Vietnam, y para buscar la aventura que le faltaba en el ambiente burgués californiano. Durante sus cinco años aquí, Damién ha enseñado inglés en Cali, Bogotá y Medellín y ha recorrido, la mayoría de las veces a pie, desde Las Lajas de Nariño hasta el Cabo de La Vela en la Guajira. Las memorias de estos viajes llenan cuatro cuadernos de poesía, algo que se ha publicado en la revista Mother Earth News. Después de endurecer las manos levantando una pequeña parcela en las montañas de Antioquia, el año pasado, ahora está comprando su propia finca en el Valle, donde suele dedicarse a la apicultura, la lectura bilingüe y la flauta.
Avión de American Airlanes
Foto:
Mike Tsalickis. De todos los inmigrantes gringos en Colombia, el más famoso es este Tarzán moderno que ya lleva más de 30 años en Leticia. En este tiempo Mike ha sido, sin duda, un pionero de la selva amazónica. Él trajo a Leticia, por ejemplo, la época de aviación y se puede decir que ha organizado allí, para bien o para mal, la mayor parte del turismo y la exportación de animales. Pero aparte de eso —tan propenso a polémicas— ¿cuánta gente sabe que Tsalickis es prácticamente un preso de la selva? Es decir, él ama tanto la naturaleza selvática que ese cariño ha llegado a ser un verdadero caso de “manigua”. Hace cuatro años Tsalickis me contaba que ahora no se sentía cómodo en las ciudades grandes, ni de Colombia ni de USA. Decía que constantemente tenía que interrumpir sus viajes para volver a la selva, que sin esta se sentía como pez fuera del agua. La manigua ha seducido para siempre a este gringo, lo que me hace preguntar: ¿está la selva también explotando a Tsalickis o sólo Tsalickis a la selva?
Coronel Oscar Bradford and Family. Este militar retirado estuvo encargado de la misión de la fuerza aérea norteamericana en Colombia de 1963 a 1967. Criado en Cuba, el coronel Bradford experimentó los honores del ataque a Pearl Harbor antes de desempeñar papeles como los de consejero militar en casi todos los países latinoamericanos, sobre todo en Colombia y Paraguay. Cuando se retiró, hace poco, él y su familia decidieron volver a Colombia en vez de buscar una nueva vida en USA. “Como nosotros vivimos en muchas partes del mundo durante mi carrera militar, hubiéramos sentido cierto choque cultural al instalarnos en cualquier sitio nuevo, así fueran los Estados Unidos otro país —con la excepción de Colombia, por ejemplo— donde hemos vivido contentos”. Por eso el coronel Bradford echó raíces aquí, y ahora es gerente de la Cámara de Comercio Colombo-Americana.
Vista panorámica de Santa Fé de Bogotá. 2004.
Foto:
“Paranoid Peter”. Hombre de arrogante voluntad, Peter sólo ha cambiado sus formas superficiales de vida desde que llegó a Colombia hace cuatro años, procedente de Oregón. Es decir, siempre ha sido en su corazón el mismo: un traficante de paranoia. Primero vino como ferviente discípulo de la dieta macrobiótica, que consistía, según Peter, en solo consumir arroz negro, agua destilada y marihuana, “para mantenerse sagrado”. Pronto sus amigos notaron cierto cambio en el proceder de Peter. Entonces, desapareció. Un año después apareció nuevamente como esmeraldero, y viajaba al exterior para vender su contrabando. “Pero dejé esto porque no me gustaban los ambientes ni en donde compraba ni en donde vendía”, decía Peter. Entonces consiguió una cantidad de LSD y viajó al Brasil para intercambiarla en la época de Carnaval por joyas y dólares. Volvió a Colombia por Bolivia, donde trató de negociar LSD a cambio de cocaína. El año pasado Peter estuvo involucrado en el “negocio” de enviar cocaína a USA en sobres de diez gramos cada uno.
Repentinamente, hace unos meses se retiró también de este “negocio” y se dirigió a una finca en la Sierra de Santa Marta. Aunque Peter perdió casi todos sus amigos en Colombia en estos años, alcanzó a guardar, como contrabandista, por lo menos unos 150.000 pesos. Con esto, dice, quiere comprar “un valle entero y solitario” en alguna parte de Colombia para encerrarse en un hermetismo total “por el resto de mi vida”.
William Wenholz and Family. Cuando Bill Wenholz y su señora se dieron cuenta, en el año 1967, de que su hijo mayor, Steve, estaba dispuesto a abandonar su familia y su patria en protesta por la guerra en Vietnam y su sistema de reclutamiento, ellos no vacilaron un momento. Wenholz vendió sus carros, casas y su negocio de seguros, y con la familia se trasladó a Cali. “La señora y yo siempre pensamos dejar todo y vivir en otro país, preferiblemente en el Tercer Mundo, pero originalmente quisimos hacerlo solo con los niños ya crecidos”, decía Wenholz. “Sin embargo, nos tocó más temprano”. Los Wenholz se amañaron en Cali, donde Bill compró un bus municipal. Ahora viven cómodamente en una casa sobre la carretera al Mar.
Avenida Colombia, en Cali.
Foto:
“Meah, Melody and Little Música”. Una pareja típica de la denominada “contra-cultura” (tal vez mejor llamarla “cultura de cambio”). Meah es un hombre que ha viajado por Suramérica, Europa y el Oriente en los últimos cinco años. Pero volvió a Colombia porque sintió aquí la vibración de una especie de renacimiento espiritual.
Meah conoció a Melody hace dos años, cuando ella exploraba sola Suramérica después de haber dejado en Nueva York un puesto en el que ganaba US$ 30.000 al año. (Melody es doctora en psicología). “Me di cuenta de que muchos amigos míos en Nueva York no vivían la vida como la filosofaban”, expresaba Melody. “Y me vine aquí para aprender a vivir de verdad”. Hace ocho meses Melody dio a luz una hija llamada Música. Después de varios esfuerzos por establecer comunidades en Colombia y Ecuador, Meah, Melody y Musiquita tienen ahora proyectada una exploración de los ríos Putumayo y Amazonas en busca de un “paraíso selvático para nosotros y nuestros hermanos peregrinos de una nueva vida”.
“The DiGiorgio Family”. La familia se vino a Colombia durante la Segunda Guerra Mundial. Eran, en esa época, parte del esfuerzo norteamericano para proteger a Colombia contra posibles influencias del nazismo. Pero cuando se acabó la guerra, mientras la mayoría de sus compatriotas regresaron a los Estados Unidos, la familia DiGiorgio se quedó. “En realidad”, me decía el padre alguna vez, “es una cosa rara. Al principio, simplemente parecía que fuera pereza lo que nos mantenía aquí. Poco a poco me veía comprometido en negocios, y luego en la educación de mis cinco hijos. Casi sin darnos cuenta íbamos echando raíces aquí”. Unos diez años después volvimos mi esposa y yo a New Jersey y en dos semanas allí me di cuenta de que estaría mejor en Colombia que en mi país natal. Ahora los hijos, que hablan mejor el español que el inglés, prefieren vivir en Colombia, aunque han estudiado en USA.
Captain Killer, the CIA Agent. No sé si, en realidad, era un miembro de esta agencia norteamericana de espionaje. Nos encontramos solos, con una botella de pisco peruano, en el comedor del hotel Turístico en Ipiales una noche fría, hace un año. Fuimos intercambiando anécdotas sobre aventuras en Latinoamérica cuando, ambos bien borrachos, admitió que era uno de los “20.000 agentes de la CIA en Suramérica”. Dijo que regresaba de Chile, donde agitaba para guerra civil, principalmente en la organización de grupos secretos de “derechistas”. Lo hacía, me explicaba, por la plata y la aventura… y para mantener su máximo orgullo, un nuevo Jaguar XKE, carro deportivo. “Normalmente guardo el carro en Panamá cuando estoy trabajando”, me decía. “Pero tengo una finca-refugio en las montañas de Colombia y algún día quisiera retirarme para vivir acá”. Por eso, manifestaba, nunca acepta misiones en Colombia. Dijo además que se llamaba “Captain Killer”, dentro de la profesión. No volví a verlo sino al día siguiente, cuando alcancé a verlo salir en un Jaguar XKE color de plata.
The Reverend Jim Gage. Este ministro bautista primero se enamoró de una colombiana en su Estado natal de Texas, y luego de casarse decidió venir a Bogotá con su nueva esposa. Ahora reside en el barrio Santa Isabel, donde Jim tiene semanalmente en su casa un pequeño pero creciente grupo de estudiantes de la Biblia. Su proyecto más importante del momento es tratar de organizar, dentro de sus estudiantes, una cooperativa para la exportación de muebles. “Así combinamos lo espiritual con lo material”, explicaba el reverendo Gage.
Caminata por la Solidaridad, Bogotá 1995
Foto:
“Jacob”. Es un buscador de trascendencia, estilo kamikaze. Jacob ha recorrido el mundo para hallar la manera de liberar su espíritu de Prometeo; probó el opio en Hong Kong, el budismo en Tailandia y el hermetismo en un sótano de la isla de Hawaii antes de venir a Colombia. Aquí trató de “trascenderse”, primero trabajando la tierra y después encerrándose en un cuarto por semanas mientras intentaba perderse en la guitarra clásica. Luego se fue a buscar los secretos de los brujos. Hace seis meses, en Barbacoas, tomó una forma de Banisteriopsis caapi, llamado pilde (conocido como yagé en el Vaupés y ayahuasca en el Putumayo), que lo dejó un poco desorientado. Una semana después los indios de Sibundoy trataron de ayudarlo dándole una bebida a base de la planta conocida como datura, que ellos cultivan especialmente. Pero tampoco esto le alivió su confusión mental.
Hace dos meses Jacob se fue a la selva otra vez en busca de un brujo famoso de los indios Waikas del río Negro, en Brasil. Según informes, este brujo prepara un polvo oscuro llamado “epena”, que se toma con la ayuda de un compañero, quien le sopla el polvo en la nariz por medio de tubos parecidos a pequeñas cerbatanas. ¿Su afán? “Hay que trascender”, decía Jacob, “antes del Apocalipsis”.
- Fitzroy Kennedy. Aunque nació en Trinidad, Fitzroy pasó la mayor parte de su vida en Nueva York, Toronto y Londres antes de llegar a Colombia, en 1968. En estos cinco años Kennedy ha hecho de todo para defenderse, y en esta lucha ha sentado probablemente para siempre sus raíces en Bogotá. Principalmente en este tiempo él se ha ganado la vida enseñando un “inglés especial para profesionales”. En 1970 se enamoró de una de sus estudiantes, Elsa Vargas. Se casaron y ahora tienen dos hijos.
Kennedy está amañado en Bogotá porque “es una ciudad que, aunque grande, todavía es manejable”. Él quiere reabrir su “taller de modas experimentales” que existía en Chapinero (donde diseñaba la ropa de actrices y modelos como Alcira Rodríguez y Esther Farfán) hasta cuando le robaron por completo, en dos semanas consecutivas. Después compartió un programa diario, llamado “Repercusiones periodísticas”, con el periodista Jaime Zamora en la Radio Capital, hasta hace pocas semanas. También Kennedy está experimentando con distintas clases de arcilla, para luego poner una fábrica de cerámicas.
THOMAS D. QUINN