La muerte de Jürgen Habermas el pasado sábado, a los 96 años, Marca el final de una de las trayectorias intelectuales más influyentes de la filosofía política contemporánea. Pero su desaparición también tiene un significado profundamente simbólico: llega en un momento en que las democracias del mundo enfrentan una crisis en el debate público que él ha pasado su vida estudiando.
LEER TAMBIÉN

En una era de hiperpolarización política, fragmentación de la información y expansión de la desinformación, pocas obras hoy son tan relevantes como la suya. Habermas fue, quizás como ningún otro pensador de su generación, el gran teórico de una idea fundamental: que la democracia depende de la calidad del diálogo público.
Nacido en 1929 en Gummersbach, Alemania. Perteneció a una generación profundamente marcada por la experiencia del totalitarismo.. Cuando era un adolescente bajo el nazismo, fue testigo del colapso moral y político de su país. Esa experiencia caracterizaría toda su obra.
Jürgen Habermas Foto:AFP
Si bien algunos pensadores del siglo XX respondieron al trauma de la guerra y el totalitarismo con escepticismo hacia la razón o la modernidad, Habermas tomó el camino opuesto. Su proyecto intelectual apuntaba a reconstruir normativamente la democracia. y mostrar que la razón –cuando se ejerce en condiciones de diálogo libre e igualitario– puede convertirse en una fuente de legitimidad política.
La democracia, argumentó, no es sólo un conjunto de instituciones o un procedimiento electoral. Sobre todo, es una práctica permanente de diálogo público.
Miembro de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, junto con pensadores como Theodor Adorno y Max Horkheimer, H.abermas heredó la tradición de la teoría críticapero la llevó hacia un nuevo horizonte. Si sus predecesores habían desarrollado una profunda crítica de la racionalidad instrumental y del capitalismo moderno, él buscó rescatar el potencial emancipador de la razón.
Su libro La transformación estructural de la esfera pública (1962) se convirtió rápidamente en un clásico. En él analizó el surgimiento de la esfera pública burguesa en la Europa moderna: el espacio entre el Estado y la sociedad donde los ciudadanos discuten cuestiones de interés común.
La tesis central de ese trabajo sigue siendo extremadamente relevante hoy: La legitimidad democrática no se mantiene sólo con elecciones libres, pero también en la existencia de una esfera pública donde los ciudadanos puedan deliberar racionalmente sobre cuestiones colectivas.
Jürgen Habermas Foto:EFE
Esta idea sería desarrollada más profundamente en su monumental obra Teoría de la acción comunicativa (1981). Allí Habermas introdujo una distinción que pasaría a ser central en su pensamiento: la diferencia entre racionalidad instrumental –orientada al éxito y al control– y racionalidad comunicativa –orientada a la comprensión–.
Para Habermas, Las sociedades modernas enfrentan un riesgo permanente: que los sistemas de poder y dinero –el Estado burocrático y el mercado– colonicen el “mundo de la vida”. es decir, los espacios donde se forman valores, identidades y normas comunes. Cuando eso sucede, advirtió, la democracia comienza a deteriorarse.
LEER TAMBIÉN

Estas ideas influyeron profundamente en la teoría política contemporánea y dieron lugar a una de las corrientes más influyentes de las últimas décadas: la democracia deliberativa, que afirma que la legitimidad política surge del intercambio racional de argumentos entre ciudadanos libres e iguales.
La esfera pública y la revolución digital
Pero el mundo actual presenta desafíos que ni siquiera Habermas pudo prever plenamente. La esfera pública que describió hace más de seis décadas ha sido profundamente transformada por la revolución digital.
Las redes sociales, los algoritmos y las plataformas tecnológicas han fragmentado el espacio público y creado entornos informativos cada vez más polarizados y emocionalmente intensos. El debate público ya no se organiza necesariamente en torno a argumentos, pero muchas veces en torno a identidades, emociones y dinámicas virales.
Jürgen Habermas Foto:AFP
Paradójicamente, estas transformaciones han hecho que el pensamiento de Habermas sea aún más relevante.
Su trabajo nos recuerda que la democracia no puede mantenerse únicamente mediante procedimientos formales o reglas institucionales. También requiere una cultura política basada en la deliberación pública, el respeto a los argumentos y la voluntad de escuchar razones distintas a las propias. Este fue el núcleo de su proyecto intelectual durante más de seis décadas.
Su legado nos recuerda algo esencial: que la democracia vive del diálogo de los ciudadanos. Y que la política en su forma más noble siempre comienza con una conversación.
Habermas fue también uno de los últimos grandes representantes de una figura cada vez más escasa: el intelectual público. A lo largo de su vida Participó activamente en debates centrales de la Alemania contemporánea, de la reunificación al futuro de la integración europea.
Defendió firmemente el proyecto europeo, que consideró un experimento histórico para trascender el nacionalismo que asoló el continente en el siglo XX. También advirtió sobre los riesgos del populismo, la erosión institucional y el deterioro del debate público.
Reflexión final
En un mundo cada vez más dominado por la confrontación política y el deterioro del discurso democrático, la obra de Jürgen Habermas deja una lección fundamental. La democracia, argumentó, no es sólo un conjunto de instituciones o un procedimiento electoral. Sobre todo, es una práctica permanente de diálogo público.
Una sociedad democrática es aquella en la que los ciudadanos están dispuestos a escuchar razones distintas a las suyas, reconsiderar sus creencias y buscar posibles compromisos. Puede parecer una idea sencilla. Pero en el clima político actual, esa simplicidad parece casi revolucionaria.
LEER TAMBIÉN

Jürgen Habermas Foto:AFP
Durante más de seis décadas, Habermas defendió una convicción profundamente ilustrada: que la legitimidad democrática no nace de la violencia o la manipulación, sino de algo mucho más exigente y frágil: la fuerza del mejor argumento y no el argumento del más poderoso.
En una época marcada por el ruido, la polarización y el deterioro del debate público, su legado nos recuerda algo esencial: que la democracia vive de ciudadanos que dialogan. Y que la política en su forma más noble siempre comienza con una conversación.
DANIEL ZOVATTO
Director y editor de Radar Latam 360
Especial para EL TIEMPO