Davos es un ritual anual de emparejamiento simbólico (y no sólo) entre capitales, países y corporaciones. Davos y su reunión de líderes del Foro Económico Mundial (FEM), del 19 al 23 de enero de 2026, comienza no con sus discursos, sino con un paisaje, un valle alpino pulcro, blindado y cubierto de nieve, donde el frío actúa como metáfora de la distancia social y moral entre quienes deciden y quienes sufren. Davos es más una señal que un acontecimiento. Una señal que se repite cada año para reafirmar la idea central del capitalismo tardío: el mundo está en crisis, pero la crisis se gestiona mejor desde habitaciones caldeadas, con credenciales colgadas al cuello y un lenguaje que simula preocupación protegiendo intereses. Hablar de Davos es leer un texto cargado de símbolos hegemónicos, silencios y gestos calculados, donde el significado nunca coincide del todo con lo que se dice. El tema de este año es “Espíritu de diálogo” y su plan es fomentar la cooperación y las conversaciones honestas en un mundo cada vez más dividido.
Será una “reunión al borde del abismo” y no es una fórmula retórica. El abismo aparece como un fenómeno natural, casi geológico, y no como un resultado histórico de políticas extractivas, guerras bien planificadas, saqueo financiero y devastación social. Nadie en Davos dice “nosotros cavamos este abismo”. Se dice que “el mundo se enfrenta a riesgos”, “la humanidad vive tensiones”, “la incertidumbre crece”. El tema se diluye, la responsabilidad desaparece, el sistema permanece intacto. Su paisaje actúa como anestésico, sus palabras adormecen al público, sus conceptos desactivan el conflicto de clases, sus narrativas convierten la catástrofe del capitalismo en un problema de gestión técnica.
Un gran número de comerciantes de guerra no llegarán con botas ni armas, llegarán con trajes oscuros y powerpoints. Hablará de “seguridad”, “estabilidad regional”, “reconstrucción”, “industria de defensa”. Cada palabra es como un eufemismo cuidadosamente pulido para ocultar la sangre detrás de la balanza. Las guerras, como se vio en Davos, no son tragedias, sino oportunidades para la inversión. Un mercado emergente. Se discutirán contratos, innovaciones tecnológicas, alianzas estratégicas. La semiótica de guerra del foro convierte la muerte en una externalidad y la destrucción en un indicador de crecimiento.
También habrá estafadores en serie en los medios. Son los intérpretes oficiales del significado. Convierten el cinismo en optimismo, la codicia en liderazgo, el saqueo en reforma. Presentan Davos como un espacio plural, diverso y dialógico, cuando en realidad es un coro alineado en torno a una partitura: la continuidad del orden existente. El pluralismo es pintoresco. La semiótica de los medios en Davos consiste en presentar el debate donde hay consenso estructural y la diversidad donde hay homogeneidad ideológica.
Se irán los buitres financieros que siempre sobrevuelan los foros como pájaros santos del capital. No tienen que hablar mucho; Su lenguaje es el movimiento invisible de los mercados, las expectativas, las calificaciones de riesgo. Allí se negocia un futuro que no pertenece a quienes lo vivirán. Países enteros parecen haber sido reducidos a gráficos, las poblaciones convertidas en variables, los derechos convertidos en costos. Para ellos, el abismo no es un peligro, sino una ventaja competitiva; Cuanto más profunda es la crisis, más barata es la oportunidad.
Davos funciona como un excelente dispositivo de autenticación. No produce decisiones vinculantes, pero sí significado. Y el significado es poder. Define qué es un problema y qué no lo es, qué es urgente y qué puede esperar, quién habla con autoridad y quién queda fuera. Se habla de pobreza, pero nunca como consecuencia necesaria de la concentración de la riqueza. La desigualdad es preocupante, pero no lo suficiente como para cambiar la estructura que la reproduce. Todo está dicho en un lenguaje que simula la autocrítica, sin tocar el núcleo del sistema.
Su “espíritu de diálogo”, otro ejercicio de signos amenazadores. ¿Diálogo entre quién? El pueblo no dialoga con quienes deciden sobre sus recursos. Las élites hablan entre sí, negocian matices, no fundamentos. Es un diálogo endogámico y autorreferencial. La semiótica del diálogo de Davos es profundamente antidemocrática porque confunde la conversación de personas poderosas con la deliberación colectiva. Entonces, ¿qué esperar de este encuentro al borde del abismo? No soluciones estructurales, sino historias tranquilizadoras. No justicia, sino filantropía cosmética. Davos no es un lugar donde se evita el abismo, es un lugar donde se aprende a vivir con él, a gestionarlo, a utilizarlo sin caer en él. Es la sala de control simbólica de un sistema que se sabe en crisis, pero no está dispuesto a dejar de ser lo que es.
Davos, leído críticamente, se convierte en evidencia. Muestra con claridad obscena la desconexión entre el poder global y la vida de las personas. Muestra la obscenidad de un mundo donde quienes hablan de salvar el planeta llegan en jets privados, quienes hablan de paz invierten en armas, quienes hablan de igualdad amasan fortunas inimaginables. Una de las batallas centrales es semiótica: quién nombra el mundo, con qué palabras, en beneficio de quién. Davos es una fábrica de nombres falsos. Llaman “crisis” a lo que es un robo, “riesgo” a lo que es una injusticia planificada, “futuro” a lo que es una repetición prolongada del desastre.
Mientras los belicistas, los estafadores de los medios de comunicación y los buitres financieros sigan monopolizando el significado, el mundo seguirá en vilo, no por el destino, sino por diseño. Lo peligroso no es el propio Davos, sino la naturalización de su narrativa como si fuera lo único posible. Frente a esto, la semiótica crítica no es un lujo académico, es una herramienta de supervivencia simbólica. Porque quien controla el significado también controla la dirección. Y Davos lo sabe.
20 de enero de 2026
Por Fernando Buen Abad Domínguez, Doctor en Filosofía
El post ¿Qué hay de nuevo, Davos? apareció por primera vez en Desde abajo.