




En la orilla bochornosa Canal de la presaMientras el sol se pone y deja el aire lleno de olor a agua estancada y barro antiguo, Rodolfo Palomino Cassiani habla lentamente, como si supiera que lo que decía no era sólo un recuerdo, sino el hilo que mantenía unidos a siglos.
“Bailar Son de color negro Nació con ascendencia palenqueña. Es una danza antigua. Estamos hablando del año 1603. Es una danza propia del caribe colombiano y por eso se lucha por su reconocimiento como patrimonio. Es un baile que ha sobrevivido a los años. Fue el primer mecanismo protector de los pueblos afro y por tanto estuvo integrado por hombres. “Se trataba de defender al pueblo contra la colonia”.explica el líder palenquero, mirando al espejo de agua que ha visto pasar guerras, reyes, repúblicas, gobiernos y olvidos.
Y se puede entender, aunque aún nos queda mucho camino por recorrer, que hablar de Son de Negro es hablar de la ciudad que creó. Toca el escudo y baila para seguir con vida.
Un cuerpo pintado de negro, un tambor y una mirada decidida: símbolos ancestrales que aún conservan la memoria afrocaribeña.
Foto:
Palomino cuenta otra escena, esta vez más teatral y profunda: “En el baile hay una persona que se llama Guillermina. Disfrazaron a un hombre de mujer, pero esto no fue un gesto de discriminación, sino más bien una estrategia para mostrar que en ese grupo había una mujer que acompañaba a los negros en condiciones de lucha y que viajaba con ellos muchas veces. palenques, para advertir y avisar del enemigo. “Así definido, hijo de la negritud es un proceso de comunicación ancestral”.
También hay astucia en este gesto de cambiar de piel: Guillermina no es una burla, es un mensaje. Esta es una representación de la mujer que advirtióObservó la montaña, advirtió si se acercaba un enemigo. El mensajero que no dejaba de correr entre árboles, claros y madrugadas.
Un libro para que la memoria no se hunda en el silencio
Esta historia, la que convive con la voz de Palomino y cientos de voces similares, es el corazón del libro “Son de negro, ¡ve!”, editado por la Universidad del Norte de Barranquilla y dirigido por el investigador Luis Ricardo Navarro Díaz, Doctor en Ciencias Sociales, que lleva una década recorriendo caminos, grabando canciones, buscando viejos que aún recuerdan.
“El título del libro Están de negro, ¡en vivo! “Nace como un homenaje a la memoria de creadores que han fallecido y han dejado un legado a otras generaciones”, explica Navarro con la tranquilidad de un maestro que sabe que su obra es sólo un puente entre lo que ya está desapareciendo y lo que merece permanecer.
Luis Ricardo Navarro Díaz, profesor-científico, encabezó la investigación que hizo posible la publicación del libro “Son de negro, ¡veve!”, editado por Uninorte. El libro recoge una década de viajes, historias y testimonios para conseguir que la tradición no caiga en el silencio.
Foto:
El proyecto también reunió Dina Luz Barros Marceles, abogada e investigadora social; Tomás Francisco Caballero Truyol, doctor en historia; y Francisco Javier Sarabia, gestor cultural y fundador del colegio Cimarrones de Mahates. Era un equipo reunido para una misión que requería no sólo conocimientos académicos, sino también cariño, paciencia y buen oído.
El libro recorre un recorrido de diez años, recopilando historias, símbolos, obras, versos y testimonios sobre la danza, que no nació para el teatro, ni para el escenario, ni para las cámaras, sino para ponerse de pie. Para advertir. Llamar. Para proteger.
“Caminar por este territorio, experimentar su vida cotidiana, escuchar su historia y sus tambores, ha fortalecido en la comunidad una tradición que para algunos está al borde de la extinción y para otros está debilitada por la muerte de hombres y mujeres educados cuyas memorias no son registradas ni protegidas sistemáticamente”, afirma Navarro.
Es cierto: en el Canal del Dique han sobrevivido muy pocos registros de audio y audiovisuales que documenten a Son de Negro. Con el tiempo, muchos murieron. Queda mucho en la memoria de los ancianos que ya no están aquí.
Por tanto, un libro no es sólo un libro. Es una caja de herramientas, un archivo digital abierto en www.soysondenegro.com, un intento de salvar una memoria que casi se convirtió en un susurro.
Un sonido que se aprende caminando.
Entre los primeros resultados del estudio estuvo un deseo colectivo: la comunidad quiere la silla Son de Negro y un sendero turístico patrimonial que salve los caminos donde nació, creció y resistió la tradición. Ambos proyectos ya han sido implementados. al alcalde de San Cristóbal como un aporte a la política pública cultural que va más allá de los discursos y toca la vida real.
Foto:
Porque Son de Negro no es sólo un movimiento. Es lenguaje, símbolo, corporalidad, pintura, ritmo. También es una forma de educar desde la experiencia, desde la música, desde los antepasados. Navarro lo resume así: Son de Negro es una manifestación protectora del patrimonio inmaterial del Canal del Dique, que recorre 113 kilómetros, recorre 20 municipios y llega a Cartagena como un río que nunca para.
La investigación también abarcó áreas que constituyen los pilares de esta tradición: Santa Lucía en el Atlántico; Mahates, San Basilio de Palenque, San Cristóbal, Higueretal de las Flores y el pueblo de San Antonio. Allí, los tambores todavía hablan y los mayores saben que si no transmiten sus conocimientos, el silencio ocupará su lugar.
Palenques: el baile fue de resistir
Para entender el baile hay que volver atrás. hasta 1599, cuando en tierras de Tierradentro (hoy Atlántico) y Cartagena Se construyeron 33 pueblos de Bordeas Negras. Se trataba de palenques: territorios libres donde quienes habían escapado de la esclavitud organizaban sus vidas de forma autónoma, lejos de los látigos y la opresión.
Estos palenques fueron la primera fuerza que desafió el sistema colonial español. Con esta rebelión surgieron expresiones que hoy conocemos como danzas negras.
En el festival Son de Negro, más de 50 grupos se reúnen para pintarse el cuerpo, tocar tambores y resistir a través de la danza.
Foto:
Las manifestaciones culturales fueron un acto de resistencia. Durante las celebraciones del 11 de noviembre, la sociedad colonial marcó jerarquías y castas, los palenqueros bailaron para afirmarse, para sobrevivir, para decir que aquí seguimos, aunque la historia oficial no nos nombre.
La tradición llevaba ritmos traídos de África, especialmente de las regiones del Congo y Zaire. Y aunque el territorio cambió, la música viajó con ellos. El tambor se volvió diferente, pero siguió siendo el mismo.
Maximiliano Orozco, creador fallecidoLo explica con certeza: la danza nació a orillas del Magdalena, en Robles, aunque su origen es africano. Se extendía por los brazos del río hasta San Onofre, Mahates, San Basilio, donde los cimarrones tocaban tambores y guacharaca para convocar a su gente.
Danzas que el tiempo quiso borrar
En el siglo XIX, las danzas negras eran parte imprescindible de las fiestas en el Estado Soberano de Bolívar. En Cartagena se podía ver en los suburbios: tambores resonantes, cuerpos pintados, una multitud vibrante.
Afrodescendientes conectados con la vida de la región: pesca, animales salvajes, árboles junto a los canales. Todo se convirtió en un símbolo, un objeto, un añadido a la danza. Por ejemplo, una red arrojada ha pasado de ser una herramienta a un elemento ritual.
Pero el siglo XX llegó con fuerza. Globalización, nuevos ritmos, La modernidad ha destruido las tradiciones. Los bailes se acabaron. El Hijo de Negro se convirtió casi en un susurro.
Para recuperarlos, en 1996 los creadores crearon el Festival Santa Lucía Son de Negro. Cada año se reúnen más de 50 grupos de toda la región. Es un acto de resistencia colectiva: viejos, jóvenes, nuevas generaciones que quieren aprender a pintarse de negro, sentir el tambor, entrar en trance.
Con el tiempo, la danza abrió sus brazos a la modernidad. Llegaron colores fosforescentes, labios pintados, ritmos mezclados. Y la mujer también apareció en escena, ya no como una figura oculta, sino como una heroína. Guillermina se convirtió en símbolo de coquetería, fuerza y libertad.
Y esto también es resistencia: esta tradición respira y se renueva sin perder su esencia.
Tres siglos de lucha en un solo tambor
El hijo de Black sobrevivió al látigo, a la colonia, al silencio, al desprecio y a una república que no quería verlo. Sobrevivió al siglo XX, a la presión cultural y al olvido institucional.
Hoy no sólo ha desaparecido, sino que se ha convertido en una de las danzas más queridas de los carnavales atlánticos: es la protagonista de los grandes desfiles y presentaciones oficiales del Carnaval en Barranquilla, pero también aparece en la Batalla de las Flores en Santo Tomás y la Gran Parada del Palmar en Varela. Cuando entran los bailarines, con el cuerpo cubierto de aceite y carbón, el público vibra: esta es la actuación más antigua que recordamos.
Foto:
En 2025 fue reconocida esta danza nacida entre las aguas y las comunidades ribereñas del Canal del Dique El patrimonio histórico, étnico y cultural de la nación por el Congreso de la República.
“Al contrario de las propuestas de la sociedad de consumo, hijo de la negritud Es una afirmación de vida. sobre todo el defensor de la buena vida: en su puesta en escena expresa alegría constante y alegría en el baile”, afirma Navarro.
Y tiene razón. En sus poemas habla del mundo, del río, de la montaña y de la vida cotidiana. Puedes escuchar a los ancestros en sus tambores. Se puede escuchar el eco de África en su pintura.
Son de Negro es una forma de hablar de la existencia a través del cuerpo. Pedagogía de la memoria. Un acto de resistencia estética y espiritual.
El sonido que nos sigue llamando
En el Caribe, la resistencia no siempre está escrita. A veces bailas. A veces se toca un tambor de cuero mientras el cuerpo, negro, brillante, fuerte, se mueve como si encarnara siglos de lucha.
La crónica de Son de Negro no termina ahí. El libro ¡Están de negro, en vivo! Esta es sólo una parada en un viaje que continúa. Un camino que depende de niños que hoy aprenden un paso básico, de personas mayores que recuerdan el versículo, de investigadores que documentan, de mujeres que exigen su lugar, de Músicos que mantienen el pulso.
El Canal del Dique, testigo de todo, sigue ahí. Agua que se mueve lentamente. Guardando el historial. Repito lo que dicen los tambores: mientras haya alguien bailando, el sonido está vivo. Mientras él viva, la gente vivirá.
LEONARDO HERRERA DELGANS periodista EL TIEMPO leoher@ y X:@leoher70
Puede que te interese
¿Con qué frecuencia debes hacerte una limpieza dental profesional? | tengo medicina para ti
Foto:
Reproduce el vídeo